El misterio de las espirales celtas

Por Esteban Ierardo

Los celtas es uno de los pueblos más fascinantes y misteriosos del mundo antiguo. Sus orígenes están en la Edad de Bronce y de Hierro en Europa Central. Su cultura descasan en el poder de los druidas, los protectores de su concepción simbólica de mundo. La faceta simbólica celta más difundida, aun hoy reconocible, son las espirales. En el camino espiralado reposa una profunda intuición de las fuerzas de la vida.

Sus espirales no son una creación celta, sino un legado prehistórico del Neolítico, época en la que ya los motivos espiralados estaban difundidos. Los celtas nunca fueron un imperio unificado. En la práctica, no superaron la condición de un conglomerado de tribus independientes que compartían lenguas indoeuropeas, tradiciones, religión y estilos artísticos similares. En un principio, elaboraron su cultura en el sur de Alemania, Austria, Suiza, y el este de Francia.

Aquí, este artículo, que escribimos hace tiempo, a propósito de las espirales celtas, a través de momentos y lugares de sus manifestación: el túmulo funerario de Newgrange en Irlanda, el arte de Hallstatt y La Tène, Plinio el viejo, el pensamiento druídico, la relación simbólica compartida de las espirales con el huevo de la serpientes y una forma de compresión de la existencia.

El paisaje de Newgrange y el vientre de la Tierra

En Irlanda, el río medita junto con la tierra. Las aguas giran en torbellinos fugaces. Junto a un meandro del río Boyne se extienden veinticinco galerías funerarias. La más célebre es la de Newgrange, el más extraordinario testimonio de la prehistoria en tierras irlandesas, descubierto en 1699. Sobre las cámaras que se hallan al final del pasillo, de casi veinte metros de largo, se alza un techo abovedado compuesto por cien o más piedras que se encastran en un exacto equilibrio. Las rocas que conservan su debido sitio no utilizan argamasa, y la edificación data aproximadamente del 3250 a. C.

Uno de los elementos más atrayentes en Newgrange es la profusión de tallas en las rocas. La piedra de la entrada exhibe numerosas espirales; asimismo, en las rocas verticales de la galería, en el suelo y en el techo, laten trazas de decoración donde abundan losanges, figuras en zigzag y círculos. Al pie de una de las masas verticales palpita una magnífica triple espiral.

En una primera fase de la investigación, las decoraciones de Newgrange provocaron perplejidad o mera indiferencia. En el siglo XVIII, Thomas Molyneux, profesor del Trinity College de Dublín, las juzgó como meras «tallas bárbaras». Sin embargo, Martin Brennan, en La visión del Valle del Boyne, estudió más de setecientas tallas del valle para concluir que estas se vinculan con un calendario solar: un primitivo observatorio astronómico torneado en la tosca firmeza de las piedras.

El solsticio de invierno es el día más breve del año y, con él, comienza el ciclo nuevo. La tierra, antes absorbida por el letargo invernal, recupera gradualmente su calor vital. Aquel día, el sol naciente se adentra en el pasadizo de la tumba. La luz solar llega así hasta el seno mismo de la cámara funeraria, un fenómeno que Jean Markale describe poéticamente en sus estudios sobre los lugares misteriosos de Europa:

«El rayo de sol naciente penetra por la estrecha abertura superior del pasillo de Newgrange, avanza a lo largo de los veinticinco metros de la galería de piedra y va a herir, en el fondo de la cámara sagrada, la triple espiral grabada en la roca. Es el instante efímero y absoluto de la concepción mística: la luz del cielo fecunda el vientre oscuro de la Gran Madre Tierra en el momento exacto en que el año renace de sus cenizas

Quizá, en su significado simbólico originario, el montículo sobre la galería funeraria era la figura oviforme de un huevo portador de la potencia vital. La galería se extiende después a través de un pasadizo hasta llegar a una cámara subterránea, lo cual constituye una reproducción simbólica del seno materno.

Newgrange (Foto en dodublin.ie)

Tal vez el símbolo que expresa con más poder este proceso vital profundo en el complejo de Newgrange es la triple espiral dentro de la cámara del subsuelo. Esta imagen acaso se vincula con una mística fecundación del huevo primordial como parte de una experiencia de muerte y renacimiento. Pero, sea como sea, el significado del motivo espiralado permanece sumido en el enigma, y solo pueden esgrimirse diversas interpretaciones especulativas. La significación de las espirales en la construcción megalítica precéltica de Newgrange tal vez pueda ser entrevista mejor mediante la apreciación del sentido de la figura espiralada en la posterior evolución de la cultura y el arte celtas.

La evolución hacia el arte de Hallstatt y La Tène

En la etapa histórica, ya en el siglo VII a. C., los celtas ocupaban buena parte de Francia y los Países Bajos; habían atravesado los Pirineos y el Canal de la Mancha para establecerse en España y en la Britania, respectivamente. Entonces, el centro de su poder se emplazaba en los valles del Ródano, el Sena, el Rin y el Alto Danubio. En este periodo desarrollaron la cultura de Hallstatt, caracterizada por la transición a la metalurgia del hierro. Respecto a este quiebre estético, el historiador de las religiones Mircea Eliade señala:

«El arte de Hallstatt introduce una geometrización abstracta que estiliza los motivos de la naturaleza hasta despojarlos de su realismo inmediato. Las armas, los vasos cerámicos y los carros no son meros utensilios, sino soportes de un lenguaje visual donde la línea curva empieza a romper la rigidez lineal anterior, preparando el terreno para la gran explosión dinámica del estilo posterior.»

Mediante el trabajo del hierro nace un arte donde los motivos de diseño o decoración de armas, carros, cerámicas, jarros, recipientes y otros objetos son figuras de la naturaleza modificadas por un alto grado de estilización. Esto es lo que ocurre con las figuras femeninas de las cerámicas halladas en 1900 en Sopron, Hungría: se trata de mujeres con circulares cabezas de pájaros y vestidos estriados con forma de campana, un claro ejemplo de estilización de tendencia abstracta.

El reverso de un espejo de bronce británico, 50 a.C. – 50 d.C., que muestra el tema decorativo de espiral y trompeta del estilo «Insular» tardío de La Téne (Wikipedia)

Este estilo de dibujo plasma formas aún contenidas si se las compara con el segundo estilo artístico celta, que despliega su potencia más arquetípica de creación: el arte de La Tène. A partir de 1857, y durante tres años, el arqueólogo aficionado Friedrich Schwab extrajo del lecho del lago suizo de Neuchâtel más de cincuenta espadas largas adornadas con profusas y retorcidas líneas que componían zarcillos, verticilos y espirales. Los numerosos objetos decorados con estos intrincados motivos espiralados permitieron demostrar una tendencia colectiva y orgánica, y no solo una expresión artística local.

El intenso apego a las espirales por parte del arte celta adquiere un sesgo estrictamente singular que lo diferencia de cualquier otra manifestación artística. Luego, en el periodo medieval, los motivos espiralados abundaron en exquisitos objetos labrados que, además de un valor estético, poseían motivaciones religiosas, fundamentalmente en Irlanda. Este es el caso del cáliz de Ardagh, el casquete de bronce de la campana de San Patricio, la cruz de Muiredach y las ilustraciones de los evangelarios como el Libro de Durrow, el Libro de Kells o los Evangelios de Lindisfarne.

Imagen del cáliz de Ardagh, pieza medieval también con espirales, en Museo Nacional de Irlanda, de Dublin (Wikimedia)

Mención especial merecen las cruces celtas y las piedras talladas pictas en Escocia hacia el siglo VIII. En estas obras, el círculo solar se fusiona con la cruz cristiana, y toda la superficie de la piedra se cubre con un horror vacui de entrelazados nudos y espirales que fluyen sin principio ni fin, transformando la roca estática en un torbellino visual que simboliza la eternidad y la interconexión de toda la creación.

El huevo de la serpiente y el misterio del centro

Nuevamente, la omnipresencia de la espiral como ornamentación arquetípica del arte celta nada dice, a simple vista, sobre su significado más profundo. Algunos pliegues encubiertos de su sentido son revelados por Jean Markale, el gran investigador de la cultura celta. Markale examina un singular texto de Plinio el Viejo perteneciente a su Historia natural (XXIX, 52), donde se recoge una antigua creencia druídica: el anguinum o el huevo de la serpiente. Plinio describe el mito de la siguiente manera:

«Existe un género de huevo, omitido por los griegos, pero en gran estima entre los galos: en verano, innumerables serpientes se reúnen entrelazadas y apelotonadas en un abrazo viscoso mediante las babas de sus bocas y los sudores de sus cuerpos, formando un estuche globular llamado huevo. Los druidas dicen que este huevo es lanzado al aire por los silbidos de los reptiles y que es necesario recogerlo en un manto antes de que toque la tierra. El rapto debe huir a caballo, pues las serpientes lo perseguirán hasta que los separe la corriente de un río. La prueba de este huevo consiste en que flota contra la corriente de los ríos, incluso si está engarzado en oro.»

La descripción de este huevo lo presenta imbuido de rasgos mágicos. Como apunta Markale (Las tres espirales, p. 30), «no puede ser un objeto real: es un objeto maravilloso, por no decir mágico, y en cualquier caso simbólico». El huevo celta de Plinio puede ser así enlazado con la ancestral tradición del huevo cósmico de la India védica: el Hiranyagarbha o «embrión de oro», el germen primigenio que flota en las aguas primordiales y es incubado por el cisne Hansa, el hacedor del universo. En las monedas galas aparecen formas ovoides de las que surgen tegumentos o cadenas que se proyectan en todas las direcciones; se trata de la exhalación del soplo vital que nutre a los seres.

Markale conecta también este símbolo con la figura mítica de Ogmios —el Heracles anciano de los galos—, quien no arrastra a los hombres por la fuerza física, sino por sutiles cadenas de oro y ámbar que salen de su lengua perforada y se atan a las orejas de sus seguidores: una metáfora perfecta de la palabra y el flujo de la energía vital en forma de lazo o espiral.

El huevo es arrollado y secretado por serpientes; se halla en el centro mismo de los entrecruzados reptiles. Estos magnéticos animales espiralados son el camino dinámico hacia el ovoide centro mágico, hacia el germen desde el que brotará el mundo vertido sobre las cuatro direcciones del espacio. El huevo-centro pertenece al Otro Mundo, al nivel de máxima profundidad y sacralidad de la existencia. Aquel que llega hasta el huevo por el camino de la serpiente-espiral es el héroe: el explorador del más allá y de sus misterios.

El valiente héroe debe trascender fronteras y obstáculos en aras de una conquista iniciática de la verdad. Respecto a este tránsito peligroso, el historiador de las religiones Mircea Eliade, en sus estudios sobre las iniciaciones místicas, advierte:

«El acceso al centro espiritual o la entrada en el espacio sagrado equivale a un nuevo nacimiento. El camino iniciático está sembrado de monstruos, laberintos y guardianes temibles porque representa la muerte del hombre profano. Superar la prueba de la espiral o del descenso a la caverna uterina implica que el héroe rompe los límites de la condición humana para integrarse a la fuente misma de la Realidad Absoluta.»

La serpiente es el animal de magnética piel que se adentra en las grietas, en las pequeñas cavidades de la tierra, y se sumerge dentro del vientre de la Gran Madre: la matriz donde acontece el secreto de la generación inicial de la vida. El reptil es, así, el sendero hacia el conocimiento del origen y la protectora de su misterio. Las serpientes guardianas se entrelazan alrededor del centro del huevo primordial, componiendo complejos tejidos espiralados.

La imagen de la espiral es un incesante movimiento hacia adentro y de regreso hacia afuera. En la concepción céltica druídica —al igual que en la cosmovisión de otros pueblos antiguos—, la realidad como espíritu y su manifestación material como naturaleza constituyen un movimiento sin conclusión. Este flujo puede ser imaginado como una interpenetración, una confusio sagrada entre la interioridad espiritual y la exterioridad material.

Jean Markale desentraña esta dialéctica al analizar el pensamiento druídico, explicando que para estos sabios no existía una separación tajante entre el mundo físico y el metafísico, sino un continuum energético donde el macrocosmos y el microcosmos se unifican:

«La enseñanza de los druidas postula que el espíritu es interioridad pura que tiende a expandirse, mientras que la materia es exterioridad que busca concentrarse. Lo que llamamos ‘realidad’ es el punto de fricción y diálogo entre ambas fuerzas. Los druidas concebían al universo no como una estructura estática, sino como un nudo de energías en constante mutación, donde lo invisible produce lo visible y viceversa, en un eterno retorno sin principio ni fin» (Las tres espirales, pp. 40-41).

La fuente de la energía que siempre deviene es circundada y custodiada por el nudo de las serpientes espiraladas. Los reptiles guían hacia la «unidad concentrada» de la vida, donde confluye el movimiento de lo interior y lo exterior. El mundo surge, se expande, cumple su ciclo y, finalmente, regresa al huevo originario. El movimiento espiralado es, por lo tanto, también circular; un dinamismo con claras reminiscencias del tiempo cíclico de la India védica (los kalpas y yugas), del eterno retorno de los estoicos, o de la gran revolución cósmica expuesta por Platón en su diálogo El Político. La espiral es, en palabras de Markale, el «motivo que bien parece haber sido la base misma de toda la especulación metafísica de los celtas» (p. 43).

La simbolización del ritmo de la vida manifiesta (lo exterior) y de lo que vuelve sobre sí mismo (lo interior) late en las espirales que emergieron desde el psiquismo profundo en los albores prehistóricos. Este motivo geométrico no es exclusivo del Atlántico europeo; aparece de forma independiente como un arquetipo universal de regeneración en la cerámica de la cultura Cucuteni en Europa oriental, en los petroglifos de la cultura Anasazi en América del Norte y en las expresiones del arte rupestre aborigen en Australia. La espiral céltica histórica es, por lo tanto, una clara e intencionada continuación de la espiral de los túmulos megalíticos de Irlanda —como los de Newgrange y Knowth— y de otras expresiones de la prehistoria tardía. Como bien sintetiza Markale:

«Si los celtas que ocuparon los territorios que, en otro tiempo, fueron específicos de los constructores de megalitos, adaptaron la espiral como elemento simbólico primordial, es porque conocían el valor y el sentido del mismo. No hubo una ruptura estéticamente ingenua, sino la asimilación consciente de una herencia sagrada» (p. 50).

Esta herencia visual sobrevivió incluso a la cristianización de las islas. En una de las páginas miniadas del célebre Libro de Kells, el evangelista San Mateo contempla un frondoso entretejido de espirales que se desanudan desde un centro imaginario para luego convertirse en seres vivos. El laberinto de líneas dinámicas, que sugiere un oleaje infinito, se metamorfosea ante los ojos del espectador en cabezas, patas, pezuñas y animales fantasmáticos de gran flexibilidad que parecen devorarse entre sí. En ese centro espiralado late la energía creadora: la fuerza abismal concentrada en sí misma, infinita e inagotable. Al proyectarse y expandirse, esta fuerza se prolonga y se transforma en las formas humanas, animales e inorgánicas de una naturaleza viva y animada.

 La gigantesca “X” y una “P” se despliegan por el pergamino del Libro de Kells, y las espirales por todas partes (en Biblioteca del Congreso de La Nación, Argentina)

La vida como forma material y visible es, por lo tanto, un despliegue espiralado de la potencia reconcentrada en un centro inicial. La propia condición de la materia y de la naturaleza como proyección supone que lo que vive derramado en el mundo exterior y visible puede —y debe— regresar, remontando el camino inverso de las espirales, hacia el centro espiritual de la creación.

La espiral es la expresión simbólica de la realidad como una dualidad oscilante; una alternancia de una misma vida que se despliega y se repliega. Y tal vez, aún con más profundidad, el lenguaje simbólico de forma serpentina manifiesta que la fuerza vital es una necesaria combinación de estados diversos y discontinuos. Se trata de una transformación permanente que niega el peligro de la vida homogénea, engrillada en una petrificada repetición de sí misma.

En un tiempo de los algoritmos y el encierro digital, recuperar el pensamiento simbólico de la pre-moderna cultura celta, nos interpela para percibir la realidad de otras maneras.

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