Por Valentí Goméz i Oliver

Un recorrido narrativo por los tesoros de la Roma subterránea, de la mano de la escritura de Valentí Gómez i Oliver, poeta y escritor español en lengua catalana. Bajo la mirada de un «viajero peregrino», se nos guía entre restos de templos, catacumbas, estatuas de Mitra, pinturas murales mitraicas, las termas de Caracalla y otros lugares. Un viaje en aras de una percepción artística y trascendente; y «dicha trascendencia o espiritualidad se enmarca en el sentido de que la espiritualidad es la capacidad o la facultad de poder ver (o leer), con la ayuda de los símbolos, las representaciones artísticas verdaderamente trascendentes»

Tras residir casi cuarenta años en Roma, città aperta, y habiendo escrito a lo largo de estos años un par de libros sobre ella (1), me parecía muy interesante enfocar este trabajo desde un punto de vista, un tanto distinto, al que se produce cuando se piensa en una ciudad tan extraordinaria como Roma. Me he colocado, pues, en la posición del viajero peregrino que “cuando deambula viajando por la tierra, su arquetipo es la peregrinación, y el arquetipo de la peregrinación es el éxtasis” (2). O más simplemente, en el lugar del atento amante del arte (¿pocas veces extasiado?), que se enfrenta con una serie de obras de arte, tal vez trascendentales, y que contienen un conjunto de símbolos. Símbolos, que independientemente de su realidad objetiva, forman parte de aquella fabulación religiosa, mítica, tradicional o poético-artística, de la cual nos habló tan acertadamente el estudioso de las religiones I. P. Culianu, discípulo aventajado de Mircea Eliade, desaparecido muy prematuramente. Y a la que también se refería otro gran estudioso, Elémire Zolla, apenas citado, que era otro romano de adopción – como el genial jesuita, el historiador de la cultura Miquel Batllori (3)-, cuando comentaba que las mencionadas “visiones” de obras artísticas trascendentales formaban parte de “la fe en un sistema de metáforas” (4).
Dicha trascendencia o espiritualidad se enmarca en el sentido de que la espiritualidad es la capacidad o la facultad de poder ver (o leer), con la ayuda de los símbolos, las representaciones artísticas de verdad trascendentes. Incluso nos puede acaecer- como ocurre en la actualidad y como bien nos muestra el filósofo de las religiones Amador Vega en sus cuatro lecciones de estética apofática (5), que no seamos capaces de distinguir “lo sagrado sepultado en lo profano” (6). Especialmente en culturas que ha sido consideradas sin demasiada importancia por las culturas hegemónicas. Hay innumerables ejemplos de ello a lo largo de la historia.
Un viaje ctónico
Para justificar el enfoque especial del que hablaba al principio ha pensado que valdría la pena emprender este ligero viaje por la Roma subterránea- una ciudad apenas conocida- pero no le ha de quedar la menor duda al esforzado peregrino de que se trata de una ciudad impresionante.
La ciudad subterránea se nos presenta en toda su grandeza cada vez que coincidimos con una de sus puertas y las inevitables e ingentes dificultades operativas nos permiten cruzar los dinteles y adentrarnos en una ciudad viva, se trate de catacumbas, criptas, frescos, mitreos o mosaicos. Roma es una ciudad que ha heredado la gran carga de riqueza espiritual que flotó en la mayoría de ambientes de la Roma hipogea. Cristiana en su mayoría, la ciudad oculta ofrece algunas obras de enorme belleza relativas a cultos precedentes al cristianismo y otras con finalidades puramente civiles. Una de las características que siempre hemos de tener presente a la hora de bajar al mundo de las tinieblas es su condición de universo inexplorado o más concretamente de cosmos sólo en parte explorado. De la ciudad dormida se tiene una noción muy precisa de lo gigantesco de sus dimensiones, pero se desconocen bastantes edificios, obras enterradas, secretos extraordinarios que las entradas de la urbe conservan celosamente para ella sola. Es por este motivo que las siguientes sugerencias de itinerarios tienen la función de ser un primer paso o estímulo para que los futuros admiradores de la ciudad de los vivos se aventuren también por estos sugestivos infiernos para los cuales el paso del tiempo será un fiel aliado a la hora de que en ellos despunten nuevos e interesantes hallazgos. Hay que señalar, por último, que además de las dificultades burocráticas para visitar parte de estos lugares, los hay que obligan a pedir permisos especiales a las autoridades pertinentes (Intendencia de Bellas Artes, Concejalías del Ayuntamiento, reservas telefónicas o via Internet al propio museo o ente encargado de los tesoros arqueológicos), también ocurre que muchos de ellos padecen de la misma enfermedad que algunos de sus colegas del piso superior, a saber, la incuria, la falta de personal especializado para su custodia, la inexistencia de un plan de prioridades a la hora de iniciar su restauración, la falta de un método de previsión de enfermedades específicas de los materiales con que fueron construidos. Ha habido, sin embargo, en los últimos tiempos y para no faltar a la verdad objetiva, un cambio muy importante a la hora de estar a la altura, por parte de la administración capitolina, de la ingente y endiablada tarea de restauración (casi hercúlea fatiga) que le ha encargado la Historia, con mayúscula, a esta extraordinaria ciudad.
El arte de los mitreos
El arte en el universo, tal vez de manera sosegada y sin aparentes conexiones por tratarse muchas veces de “fenómenos artísticos” consolidados en espacios y tiempos muy alejados, ha ido adquiriendo paulatinamente un carácter propio (un aroma especial y singular) a la luz de una hermeneútica de la trascendencia, o incluso podría hablarse de una característica muy unitaria. Dicha unidad se explicita, por ejemplo, en la relación que se establece entre el Ser y el cosmos, la Natualeza. De dicha relación disponemos de numerosos ejemplos en las diversas tradiciones culturales(o religiosas). Pensemos en las comunidades primitivas, en los presocráticos, en los Salmos, en un texto canónico como el Yogavasistharãmãyaņa, en la obra de algunos artistas modernos conemporáneos, como bien se estudia en la obra mencionada del profesor Vega.
Desde tiempos antiguos existía un culto especial y misterioso al dios Mitra. Los iniciados en los misterios reconocieron en él al Sol, el dios del Tiempo infinito que da origen a los seres y los guía. Era representado como un hombre con cabeza de león y el cuerpo rodeado por una serpiente o como un héroe, a veces un joven con el gorro frigio, que con una mano agarraba a un toro por los cuernos y con la otra empuñaba el cuchillo para inmolarlo. El dios había nacido de una roca, un 25 de diciembre, día en el que se celebraba tras el solsticio de invierno el renacimiento del astro rey. El culto fue introducido desde Persia en la capital y en la cuenca del Mediterráneo por los legionarios romanos, enfrentándose en algunos momentos con el cristianismo.
Encontrar en pleno centro de Roma vestigios de este culto tan antiguo, de los mitreos, es una verdadera sorpresa que deviene aún mayor cuando descubrimos que sus poderosos guardianes son bellísimas iglesias o en nuestro caso la Basilica di San Clemente. Llegamos a ella fácilmente si dejamos el Coliseo a nuestra espalda y enfilamos por la calle San Giovanni in Laterano. Entramos por una pequeña puerta lateral. La basílica consiste en dos edificios de culto cristiano, uno encima del otro, y un mitreo en buenas condiciones. La iglesia inferior, una de las más antiguas de Roma, fue construida alrededor del año 385 d. C., mientras que la superior es del siglo XI. Una vez en la iglesia tenemos la impresión de hallarnos en un edificio barroco, pero pronto cambiamos de idea, al ver el majestuoso coro, schola cantorum, que nos indica que flotamos en la época medieval. Cerca del altar hay un pequeño edículo ojival y a su derecha encontramos una capilla del siglo XVI que nos introduce en el Renacimiento romano. De gran interés son los frescos de santa Catalina de Alejandría, del siglo XV, que están cerca de la puertecilla por donde hemos entrado. Salimos a un pórtico medieval muy tranquilo, que esconde el portal de toque bizantino que da a la Plaza de San Clemente, evangelizador de los Balcanes, que no es utilizado como entrada al recinto.
En la iglesia inferior, recién entrados, encontramos en la pared de la derecha el Milagro de san Clemente, también una curiosa lastra giratoria con una inscripción pagana y otra cristiana en cada uno de los lados. Prosiguiendo por este ambiente silencioso nos topamos con los dos frescos del siglo XI de la nave central. Están en la pared de la izquierda e independientemente de su belleza tienen la peculiaridad de haber sido restaurados muy poco, lo que acrecienta su intrínseco interés. Todo el conjunto de la basílica está muy bien cuidado por los responsables y artífices de las excavaciones, los Padres Dominicos Irlandeses. El primer fresco representa la leyenda de san Alejo, que fue muy famosa en la Edad Media. El joven romano de familia patricia no quiso vivir con ningún tipo de lujo. El día de su matrimonio abandonó a todo el mundo y se fue a vivir al desierto llevando una vida de ermitaño y según muchos de estilita. Transcurridos varios años practicando el ayuno y la penitencia, con un aspecto físico deplorable, delgado e irreconocible, el maduro Alejo decidió regresar a su casa de incógnito. Fue aceptado como siervo y vivió diecisiete años durmiendo bajo una humilde escalera. Su ejemplar vida fue notada por la multitud y ante la creciente ola de santidad que inspiraba su persona, le confesó al Papa epistolarmente cuál era su verdadera identidad, tal vez porque notaba la inminencia de su muerte. No se equivocó apenas pues ésta le llegó a los pocos días. En la escena del fresco, que estamos obligados a ver desde lejos a causa de las vallas protectoras, lo que aumenta su sintética expresividad, el Papa cuenta la verdad a los familiares, provocando la desesperación de la novia, que se tira de los pelos tras haber sido burlada su larga y paciente espera. El segundo fresco ilustra la leyenda de Sisinnio, apareciendo en él uno de los primeros escritos, altamente pintoresco, de la lengua vulgar de entonces que era el italiano.
Dejamos la basílica primitiva y por detrás del ábside descendemos hasta el lugar en el que convivían dos edificios. El primero, construido sobre otro más antiguo destruido tal vez en el año 64 d. C. tras el incendio neroniano, era la primitiva casa de Clemente. El otro era un mitreo del siglo Il, que debía de haber sido una insula romana. Un estrecho callejón bien visible los separa y nos muestra el nivel de la Roma antigua, con bastantes metros menos que el de la actual. El mitreo consta de tres habitaciones: el triclinio, el atrio o pronaos y una habitación que tal vez era utilizada para la iniciación de los catecúmenos. Durante toda la visita por estos angostos pasajes nos acompañará el potente murmullo de una cascada de agua, aumentando el carácter misterioso del lugar. El triclinio es rectangular, pudiéndolo ver a través de una reja. Nos impresionan los estucados de las paredes y las bóvedas en algunos sitios muy bien conservados. En los dos lados hay los bancos en los que, es de suponer, que los adeptos se sentaban y celebraban los banquetes, momento muy importante del culto. En el fondo vemos el mitreo propiamente dicho. Los asistentes a estos ritos mistéricos practicaban el culto de la taurobolia, la muerte sagrada del toro que efectuaba el dios Mitra, bajo las órdenes de Apolo. En esta lucha —la escena que la representa la podemos contemplar en el bajorrelieve del altar que se halla en el centro del mitreo—, Mitra tenía por aliados a una serpiente y un perro, pero un escorpión clavado en el vientre del toro hizo derramar algunas gotas de sangre taurina por lo que el mal se introdujo en el mundo, al ser este animal el que daba la vida a todas las cosas creadas. Una vez lograda la victoria, Mitra, girando su cabeza —que nos recuerda a Alejandro Magno— en dirección al cuervo que le había transmitido el mensaje de Apolo, se sentó a la mesa con el dios y fue transportado a los cielos en su carro. También asistieron a estos ágapes otros dioses como Helio y Selene.
El ambiente que se respira al permanecer en dicho mitreo- a ser posible en silencio (religioso o laico, que suena muy parecido aunque sople ráfagas distintas)- es de una gran “religiosidad cósmica”. Casi podríamos experimentar- más de un peregrino ha quedado muy impresionado al vivir dichas “experiencias” y experimentarlas como algo trascendente- la manera como un mundo tradicional (en el que se tienen conocimientos simbólicos de los hechos reales) se ha apoderado de nosotros y hemos estado practicando un culto o un “rito cultual” al que nuestra razón no pede atribuir un definitivo ¿por qué?, pero, en cambio nuestra voz interior le atribuye un preciso “¡el qué!
Los adeptos del mitraismo renacían de cara a una nueva vida mediante el rito de la aspersión de la sangre del toro, sacrificado ritualmente, y por eso su consagración a Mitra les garantizaba la salvación eterna. Sus mayores siervos estuvieron en las fronteras del Imperio Romano, en el Danubio, habiéndose extendido por el imperio de Alejandro Magno en el siglo IV a. C. La religión llegó a Roma mediante los soldados que habían participado en las campañas de Asia Menor alrededor del año 67 a. C. Para aquellos valerosos hombres —las mujeres estaban excluidas por completo de cualquier mínima participación— la extrema moralidad religiosa ejercía una fascinación especial al poner su acento en la lealtad, la obediencia y la fidelidad. Algunos emperadores como Comodoro y Diocleciano la protegieron, llegando a disponer de diecisiete mitreos en Ostia, número muy considerable. En la Roma de finales del siglo III y principios del IV el mitraismo alcanzó su máximo esplendor al identificarse con Aureliano y la religión del Sol, que era la oficial del Estado romano, llegando a disponer de unos cincuenta mitreos de los que tengamos noticias en la capital. Su lucha con el cristianismo ha sido exagerada por unos y menospreciada, con dos frases, por otros. En realidad el mitraismo desapareció de la escena romana a finales del siglo IV, pero ha sido uno más de los innumerables ejemplos de grandes tensiones por las que ha atravesado la historia de Roma, la cual le ha otorgado a su carácter de encrucijada de culturas, pueblos y religiones el agrietado rostro de un mosaico, desayuno de los siglos.
A nivel histórico vale la pena recordar que en las Terme di Caracalla, inauguradas por el hijo de Septimio Severo y terminadas por el emperador Heliogábalo, podían bañarse hasta unas mil quinientas personas con un decorado lujoso muy envidiable. Al principio mujeres y hombres se podían bañar juntos, más tarde cambió la usanza siendo las mujeres las primeras en hacerlo, pero por separado. Juntos de nuevo, podían ejercitarse en distintos juegos como la lucha libre y perfeccionar su cuerpo en los gimnasios. El baño era una delicada y complicada operación. Se empezaba en los sudatoria, habitaciones pequeñas y muy calientes en las que se sudaba copiosamente; se pasaba al calidarium, habitación más grande y con temperatura más agradable en la que se duchaban con agua caliente; de aquí se pasaba al tepidarium, enorme sala donde la temperatura era más templada; finalmente se accedía al frigidarium que era una piscina con agua fría. Concluía así el itinerario termal. Si somos atrevidos y afortunados y descendemos a los subterráneos de las termas encontraremos un mitreo bastante grande. La habitación presenta ocho columnas y dos bancos para los adeptos. El ara del fondo no se halla en tan buenas condiciones como el descrito precedentemente.
Relativamente cerca – pasear por esta zona romana antigua y eterna puede llegar a saber a gloria- se encuentra un barrio muy interesante y en el que han vivido, desde tiempos inmemoriales, personajes extraordinarios: nos referimos al Aventino. En el centro del barrio se encuentra la iglesia de Santa Prisca, en la plaza homónima. El templo fue edificado sobre el antiguo titulus de Prisca. El titulus era el lugar destinado al primitivo culto cristiano que ha visto cómo muchas de las antiguas iglesias de Roma han crecido sobre sus ancestrales restos. El mitreo sobre el cual los cristianos construyeron en el siglo IV el ábside de la iglesia, aparece en buenas condiciones gracias a la labor efectuada hace treinta años por arqueólogos holandeses, quienes recogieron tras paciente fatiga buena parte de los fragmentos de las estatuas de Mitra y de las pinturas murales mitraicas —destrozos causados probablemente por los cristianos al levantar su templo— y completaron una diligente restauración. Es muy interesante el fresco de la pared de la izquierda que nos revela los siete estadios de la iniciación religiosa de este culto, uno de los cuales consistía en una prueba de habilidad que simbolizaba el paso de las tinieblas a la luz, de la tierra al cielo. Podemos observar también la representación de un banquete sagrado en el que los participantes beben vino y comen pan y carne de algún animal quizá sacrificado ex profeso. En la pared de la derecha hay una pintura que representa el sacrificio romano del suovetaurilia, es decir, el sacrificio contemporáneo de un cerdo, una oveja y un toro. No disponemos de literatura mitraica, aunque se piensa que los grados jerárquicos entre los iniciados eran también siete, número que en la simbología antigua era el más frecuente después del tres.
El en caso de que seamos dueños de nuestro tiempo, es muy interesante desplazarse para ver el espectacular y fabuloso mitreo de Ostia Antica. Esta es una experiencia que pude efectuar con el pintor Antoni Tàpies, su mujer Teresa y el editor Xavier Folch. Fue una vivencia que sólo la experiencia personal puede facilitar. Y su posterior reflexión y evocación afianza, en nuestro animo, la idea de la trascendencia de algunas obras de arte que la humanidad ha considerado ineludible crear, tanto para su goce artístico (¿profano?) como para su goce espiritual ( ¿religioso o trascendente?)
La basílica neopitagórica: un paseo filosófico

Si aceptamos la definición que nos da el estudioso Zolla del tèrmino tradición, como “el conjunto de conocimientos, de símbolos presentes en todos los pueblos y en todas las épocas, tanto en el sueño como en la vigilia del ser humano: sólo gracias a ella se pueden superar los límites del espacio y del tiempo y se puede juzgar la historia, la cual no es otra cosa que un aparecer o un desaparecer de la Tradición” (7), podremos referirnos a nuestro último itinerario como un viaje por la tradición, concretamente por la tradición occidental.
Heráclito decía que Pitágoras “supo como nadie entre los hombres”, pero a pesar de esto le atribuía el título de “padre de todas las patrañas” (8). Los diversos círculos pitagóricos que se establecieron en torno al maestro de Samos en algunas bellas poblaciones de la Magna Grecia, como Crotona y más tarde Taranto, fueron expandiéndose por la península en los siglos posteriores.
Nigidio Figulo, amigo de Cicerón, escribió una obra sobre los dioses que participa plenamente del espíritu de las doctrinas neopitagóricas, mientras que otro personaje importante entre sus cultivadores fue Apolonio de Tiana, escritor, taumaturgo, profeta y predicador fascinante que vivió en el siglo I d. C. La afirmación central de la doctrina neopitagórica estaba basada en el antiguo dualismo pitagórico que separaba el mundo terreno del cosmos del más allá, la materia del espíritu. Para los neopitagóricos Dios estaba completamente distanciado del mundo pero se podía encontrar un lazo de unión entre Él y las cosas materiales. Dicha mediación no afectaba para nada a Dios, mientras que el ser humano adquiría, mediante la gracia divina, la posibilidad de un contacto con el Ser Supremo. La visión de Dios y la constatación de la debilidad humana conferían un aspecto místico a esta doctrina, por lo que es muy posible que este anhelo de conseguir que los hombres alzasen su espíritu decidiese a los maestros neopitagóricos a organizar una serie de lugares o templos para su culto.
En la Basílica de Porta Maggiore, en pleno centro de Roma, probablemente de esta secta mística, se halla uno de los edificios en cuestión cuyo origen hay que situarlo en el siglo I d. C. Su descubrimiento fue fruto del azar, pues se encontró mientras se efectuaban una serie de trabajos para reparar las instalaciones ferroviarias, provocando un gran revuelo dadas las características del lugar, sus precarias condiciones y la importancia del hallazgo. Para entrar en el edificio, situado en el tramo de la muralla que contempla la Via Prenestina, en el número 17, hay que disponer de un permiso especial por parte de las autoridades correspondientes, Sovrintendenza alle Antichità. La basílica nos sorprende a primera vista por su parecido con las primitivas basílicas cristianas, en especial por lo que se refiere al ábside y a las tres naves. Los estucados de las paredes son pinturas realmente deliciosas y su interpretación no siempre ha sido satisfactoria. Las escenas son de diversos tipos. Algunas son mitológicas y sus argumentos provienen claramente de Grecia, como el Rapto de Ganímedes y la escena del ábside que se supone representa a Venus y Adonis. Otras se refieren a los elementos simbólicos del propio culto que son desconocidos o de difícil interpretación, como por ejemplo, la famosa escena en la que se ve a una mujer y a un hombre pequeño, casi pigmeo, que están alimentando a dos gatitos en medio de un palmeral, rodeados por singulares y extrañas figuras.
La visita a esta basílica, santuario hipotético de la antigua secta neopitagórica, la cual mediante la metempsicosis pretendía que la vida de los seres humanos se acercase cada día un poco más a la perfección, y la consiguiente inmersión en la belleza de algunas de estas escenas muy bien conservadas, posiblemente a causa de la profundidad en la que se encuentran, nos trasladarán a tierras orientales, remotos tiempos y lenguas de regusto sánscrito, invitándonos a la meditación silenciosa. Sin embargo, su descarada proximidad a la Estación Termini, centro neurálgico de vidas terribles, miserables a veces, etapa inicial del escenario ritual del sacrificio pasoliniano- y de la posterior lucha diaria de la inmigración, cada vez más acuciante en nuestro mundo globalizado- no nos dejará digerir en paz el sentimiento de tolerancia y espiritualidad que le son propias, sino que contagiada de la histérica agitación de la estación, nos susurrará por qué estamos allí…porque hemos ido a pasearnos siguiendo estos itinerarios ctónicos, filosóficos y un tanto esotéricos.
Tal vez para ejemplificar la convivencia entre el arte y la trascendencia en esta ciudad tan contradictoria, a la que se ha querido confundir poniendo en oposición los términos “tradición” y ”modernidad”, atribuyendo a veces un sentido entrópico a uno de los dos conceptos. Y es por ello que en tiempos recientes se ha podido hablar de oposición “entrópica” entre la democracia y el comunismo a la italiana; la DC y el PCI; Don Camilo y Don Peppone; el compromiso histórico; en definitiva la oposición entre el Bien y el Mal. Sin embargo, con los esfuerzos de muchos- no de todos, lamentablemente- se ha llegado a convertir a Roma, en los últimos tiempos, en un ejemplo de convivencia harmónica- artística, por supuesto, y para unos cuantos espiritual por añadidura- entre las aspiraciones de los seres humanos que a lo largo de la eternidad y de la historia, han ido “romaneando” de cara a fijar sus obras en el marco artístico de la posteridad . Esa pretensión, la de enmarcar unos inerarios trascendentes, ha sido la que ha guiado nuestros pasos por la città aperta ed eterna.
Cura ut valeas!
Notas:
(1) Ver Valentí Gómez i Oliver, Roma, Barcelona, Destino, 1986 (4 ediciones-Col. “Las Ciudades”, n.3); idem, Roma, paseos por la eternidad, Barcelona, Apóstrofe, 2001 (2 ediciones).
(2) Ver Grazia Marchianò, Elémire Zolla, Il conoscitore di segreti (una biografia intellettuale),Milano, Rizzoli, 2006; pág. 124
(3) Tanto el padre Miquel Batllori, a quien traté a lo largo de más de treinta años, como el padre Plazaola, tuvieron la generosidad de participar en el libro que elaboré con el jesuita Josep Maria Benítez Riera, 31 jesuitas se confiesan, Barcelona, Península, 2003
(4) Ver Grazia Marchianò, op.cit. pág 198, nota 50
(5) Recogidas en Amador Vega, Arte y Santidad, cuatro lecciones de estética apofática , Universidad Pública de Navarra, 2005 (Cuadernos de la Cátedra Jorge Oteiza), especialmente la primera lección “La santidad de lo sagrado: nuevos elementos de estética y religión”, págs 21-46.
(6) Ver Amador Vega, op.cit, pág. 23
(7) Ver el “lessico zolliano” en Grazia Marchianò, op.cit, pág.611
(8) Vale la pena, respecto a la importancia de las palabras en el mundo griego, leer alguno de los textos de Aristóteles, concretamente su Retórica o su Poética. Tal vez la edición de la Retórica traducida e introducida por Julián Marías.
(*) Fuente: Valentí Goméz i Oliver, « Unos paseos romanos: Arte y trascendencia », texto republicado desde Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo; y antes en: Arte y trascendencia: unos paseos romanos” en el libro homenaje a Juan Plazaola, SI, Arte y Cristianismo, 2007, Universidad de Deusto, San Sebastián.