Messerschmidt: el extraño escultor del gesto estallado (incluye galería)

Por Esteban Ierardo

El bostezo de Franz Xaver Messerschmidt

En la historia del arte, hay lugar para las incógnitas, como por ejemplo cómo Jan Van Eyck alcanzó un nivel tan asombroso del detalle; o para la sorpresa: como la escultura de Franz Xaver Messerschmidt (1736–1783), el artista germano-austríaco del siglo XVIII que no pudo prever que no sería olvidado por sus bustos, a los que no puso nombre, y que expresan distintos gestos exaltados.

En un principio, Messerschmidt es un celebrado escultor de la emperatriz María Teresa de Austria. Luego, en apariencia, es atrapado por algún deterioro mental o enfermedad nerviosa que lo distancia de la academia y la corte. Al ser cada vez más rechazado, decide alejarse y establecerse en Bratislava. Antes de esto, cultiva una amistad con Mesmer, el famoso y controvertido médico creador del mesmerismo (el magnetismo animal y las terapias mediante toques de manos, imanes, hipnosis, sugestión y fuerzas invisibles). Messerschmidt esculpe un magnífico busto de bronce de Mesmer alrededor de 1770 (pieza clásica que hoy se conserva en el Wien Museum). Mesmer también debe abandonar Viena tras la polémica de sus métodos y trasladarse a París.

Una interpretación sugiere que, cuando Messerschmidt empieza a ser atacado por brotes de paranoia, acude a Mesmer y pasa por ciertos tratamientos de cura que, lejos de sanarlo, agravan sus males; de modo que sus espasmos y contracciones musculares estarían relacionados con los efectos de estas sesiones mesméricas. Ambos comparten la idea de que el alma se expresa a través del cuerpo y el rostro, algo que entonces estudia el suizo Johann Caspar Lavater, autor de Fragmentos fisiognómicos (1775–1778). Así, Messerschmidt convierte su propia fisonomía en un laboratorio para esculpir emociones extremas que expresan el estado de su alma y que aspiran a una clasificación y cura clínica.

En su retiro, Messerschmidt esculpe para, según él, conjurar las inquietantes fuerzas demoníacas que lo acosan. Talla así 69 bustos como una suerte de amuletos, sin el propósito de venderlos y sin darles un título. Ya antes, en el siglo XVI, mediante su habilidad con el dibujo, Leonardo da Vinci había ensayado estudios de cabezas grotescas. Arcimboldo, también en el Renacimiento y mediante la pintura, plasma retratos con formas de vegetales, peces y frutas para provocar risa y entretenimiento en las cortes.

Con sus Cabezas de carácter (Kopfstücke), Messerschmidt no busca divertir, sino ahuyentar supuestas amenazas sobrenaturales que relacionaba con el «espíritu de la proporción». Sus bustos componen una variedad de contorsiones faciales: bostezos, risas, disgusto y tensión muscular. Plasma estas obras en aleaciones de estaño y plomo, así como talladas en alabastro. Messerschmidt se ve en el espejo, se pellizca y luego traslada el gesto resultante a su obra, repitiendo la misma acción en un esculpido intermitente. Su cruce de genialidad y locura no es comprendido en su tiempo. Hoy, sin embargo, se le considera un claro precursor del expresionismo, anticipando la intensidad de artistas del expresionismo austríaco de la talla de Egon Schiele. Messerschmidt introduce la deformación rompiendo con la estricta forma armónica idealizada de raigambre clásica. El pellizco funge así como obsesión y perturbación que invalida la repetición de toda belleza consoladora

Ningún busto muestra bigote o barba, porque esto ocultaría la fisonomía exacta que el escultor busca representar con la mayor fidelidad. El dolor que el artista se autoinflige es, a la vez, un estudio científico de los límites de la expresión humana y una suerte de ritual para contrarrestar al «Espíritu de la proporción», una entidad que, según él, se le presentaba por las noches para acosarlo.

Entre sus bustos conservados sobresalen El hombre molesto o El bostezo, hoy exhibidos de forma permanente en el Museo Belvedere de Viena. En 1793, una década después de su muerte, un empresario llamado Franz Strunz adquiere 49 de los bustos y organiza la primera exhibición pública en el Hospital de Ciudadanos de Viena (Bürgerspital). Para atraer al público, se inventan los títulos cómicos y teatrales que las piezas conservan hasta el día de hoy. Más adelante, durante el siglo XIX, los bustos también se muestran en el famoso parque de atracciones Prater de Viena, donde la gente paga una entrada barata para reírse o asustarse de las insólitas muecas esculpidas.

Hoy en día, las piezas sorprenden en distintas instituciones artísticas del mundo. La psiquiatría moderna intenta explicar la extravagancia de Messerschmidt como consecuencia de diversas afecciones psíquicas y físicas posibles, tales como la esquizofrenia paranoide, la distonía o la enfermedad de Crohn (una inflamación crónica del tracto gastrointestinal). Esta última provoca un dolor tan agudo en el estómago que habría invitado al escultor a pellizcarse las costillas inferiores para neutralizar y distraer los espasmos interiores.

Sea cual sea la explicación definitiva, el arte de Messerschmidt, además de sorprender, evidencia del espejo capaz de expresar la más compleja y desesperada gestualidad humana.

GALERÍA:


Desde la izquierda, su autorretrato fundido en estaño, «El artista tal como se imaginaba riendo»; «Un hipócrita y calumniador»; y «Llanto infantil». Ninguno de los títulos pertenece al propio Messerschmidt; fueron añadidos después de su muerte. De izquierda a derecha: Museo de Bellas Artes, Budapest; Museo Metropolitano de Arte (Met); Colección Privada, Bélgica.
El último simplón, busto en alabastro.

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