Hartog y el presentismo: nuestra época como la del presente sin pasado ni futuro

Por Esteban Ierardo

El historiador Francois Hartog estudia nuestra actual experiencia cultural del tiempo como un presente absolutizado.

EL TIEMPO FLUYE , incontenible. Ahora y siempre. Pero el humano cambia en el devenir incesante de la corriente temporal. Los cambios culturales, entre varios perfiles, traen una forma distinta de la experiencia cultural de lo temporal. En cuanto a la mirada del historiador, el tiempo no es solo el horizonte en que se sitúan procesos, personalidades, creencias, culturas. El tiempo no es solo medio para la investigación histórica sino también tema en sí mismo. La cuestión de esa cambiante experiencia de lo temporal es una cuestión que aporta el historiador francés François Hartog (1) en su fundamental obra Regímenes de historicidad y experiencia del tiempo (2003).

El modo como una cultura integra, o no, presente, pasado y futuro, corresponde a un régimen de historicidad. En el actual, el tiempo se lo experimenta desde la prevaleciente dimensión del presente, desde lo que Hartog llama presentismo. En la época del modo consumista globalizado, el consumo no es solo de mercancías o turismo de experiencias, sino del tiempo mismo en tanto presente absolutizado. El pasado como un todo se reduce a otra mercancía instantánea; el futuro proyecta continuas sombras de miedo, confusión, desplome de la idea del progreso.

Lo que aquí se medita entonces no es el tiempo en su perfil físico, medible u ontológico (el misterio mismo de su origen o naturaleza), sino el tiempo de la experiencia cultural. Desde su concepto de los regímenes de historicidad, Hartog categoriza tres dimensiones: el régimen antiguo y su dominio del pasado, el régimen moderno y su proyección del futuro, y el régimen contemporáneo como primacía del presente.

El primer régimen se extiende desde la antigüedad clásica (Grecia y Roma) hasta fines del siglo XVIII. Los atenienses o los romanos, a través de Virgilio y la Eneida, regresan en su recuerdo y evocaciones a los antepasados, a los orígenes, a los mitos fundantes del mundo (mitos cosmogónicos) o a los héroes fundadores de la civilización (el Prometeo de la obra de Esquilo, o Eneas en el mencionado poema virgiliano). El pasado es fuente continua de orientación, de modelos ejemplares: «como hicieron nuestros padres…». No puede enfrentarse el presente o lanzar proezas al futuro sin remitirse al ejemplo de vida de los antiguos. Es la máxima de Cicerón: Historia magistra vitae (la historia es maestra de la vida).

Con la Revolución francesa, en 1789, se inicia el régimen moderno, que se prolonga hasta el último tercio del siglo XX (aproximadamente los años 70 y 80). En ese período el utopismo confluye con la energía cultural del movimiento ilustrado y con las transformaciones económicas desde la industrialización. Lo utópico despliega alas desde la Utopía de Tomás Moro: la crítica del presente para encauzar una nueva sociedad que espera su cristalización en el futuro. En su politización, las utopías avizoran nuevas realidades económicas, desde el socialismo y el marxismo, o el liberalismo. Lo utópico termina por fundirse con la filosofía de la historia ilustrada optimista que no duda del progreso. El mañana superará los males del presente, cicatrizará heridas de conflictos sociales y tallará una nueva imagen del humano: evolutiva, superadora, liberadora, mejor. Desde el presente se consolida un puente seguro hacia ese futuro radiante.

En 1989, cae el Muro de Berlín. Para Hartog, este es el momento de cambio hacia el régimen histórico actual: el presentismo, el presente revertido sobre sí mismo en ruptura con modelos inspiradores del pasado o la espera de mejores días del mañana. Colapsa no solo un muro, símbolo de la Guerra Fría, sino la fe en las utopías, la agremiación y la política partidaria, las ideologías y el progreso. Imponen ahora sus garras la omnipresencia de la tecnología, la crisis económica asociada al descenso de la calidad de vida y la crisis climática. Sobre el presentismo, en esencia, Hartog sintetiza:

«El presentismo es el régimen en el que el presente, autosuficiente, pretende ser su propia luz y no ilumina el pasado y el futuro sino para justificarse. Este presente se erige en juez del pasado y teme al futuro, al que considera imprevisible o amenazante» (2).

Antes el presente atendía al pasado y era mirador del futuro. Ahora es un presente radicalizado por su condición efímera: se mueve de un instante a otro desde la conexión digital y una sensación de pura inmersión en lo inmediato, en el magnetismo de las últimas noticias.

La ya vasta literatura sobre la sociedad de la información no suele perseguir los procesos históricos que crean la tecnología de la comunicación, sino únicamente los modos actuales de las redes, las plataformas de streaming y la inseguridad como rupturas de la ciberseguridad. El pasado no desaparece en un sentido absoluto, sino que es otro bien de consumo, asimilado al hábito de la conmemoración por las efemérides y los museos, o al rápido archivar de lo ocurrido antes de que deje de ser presente. Así, el pasado se convierte en patrimonio archivado, pero no en un caudal posible de lecciones para la edificación del futuro.

A finales del siglo XX, se impone la memoria mediante la reconstrucción afectiva y emocional del pasado mediante testimonios. Esto difiere de la historia como análisis de documentos desde una «fría distancia». La memoria remite no al pasado lejano, sin posibilidad de testimonios directos, sino a una cercanía histórica respecto a la cual el testigo es fuente legítima de recuerdo. La memoria es el pasado para ser consumido hoy. No tiene ningún sentido de orientación hacia el futuro, como el régimen de historicidad moderno, sino como aquello que solo resuena en las cuerdas tensas del presente.

Y ese porvenir, por su lado, es una sensación de inminentes catástrofes para las que hay que estar preparados, como en los movimientos de supervivencia (o preppers), o la conciencia del avance del Antropoceno y su destrucción del equilibrio climático, o el peligro de crisis económicas por déficits presupuestarios cada vez más difíciles de manejar.

El Antropoceno, además, descoloca al propio tiempo histórico humano. El Antropoceno es el tiempo natural del planeta. Antes, el tiempo histórico humano y el de los procesos geológicos no se tocaban: eran dos líneas sin superposición. Ahora, el tiempo natural de la Tierra, que parecía estático y no perceptible, emerge como amenaza ecológica. El presente exige una cultura de la prevención respecto al aumento del calentamiento global; el futuro, nuevamente, no es superación, sino riesgo de extinción o perturbación in crescendo.

Para su estudio sobre nuestra experiencia del presente, Hartog se inspira en los estudios antropológicos que son receptivos a otras experiencias culturales, en este caso la del tiempo. Aquí están sus lecturas de los antropólogos Marshall Sahlins y Claude Lévi-Strauss. Pero su inspiración más directa en su enfoque es el historiador alemán Reinhart Koselleck, el creador de la «historia de los conceptos» (Begriffsgeschichte) y sus nociones en tensión de «campo de experiencia» (el pasado integrado al presente) y «horizonte de expectativa» (la expectativa del futuro). En la modernidad de la Ilustración y la Revolución francesa, se produce una ruptura entre ambos: la expectativa se independiza del campo de experiencia, proyectándose hacia un futuro de progreso que se acelera de forma constante. Ahora, el presente absorbe al futuro en su presentismo, para el cual el porvenir ya no es superación utópica, sino una amenaza constante (2).

La meditación de Hartog que nos invita a comprender nuestra experiencia particular del tiempo histórico tiene similitudes con los estudios de Dipesh Chakrabarty (nacido en Calcuta en 1948), historiador prominente en teoría de la historia, pensamiento poscolonial y cambio climático. Entre sus obras más destacadas se encuentran Provincializar Europa y El clima de la historia: cuatro tesis (3). Ambos autores mantienen un diálogo académico y coinciden en la importancia del cambio climático como aquello que debe despertarnos del sueño del presente perpetuo, dado que nuestro tiempo histórico no puede desentenderse del tiempo planetario.

El cuestionamiento del presente como presentismo es estímulo recuperar la corriente temporal que fluye hacia una dimensión más vasta y profunda, en la que vibra el tejido que une lo pasado, el presente y el futuro.

Notas:

(1) Las obras fundamentales de François Hartog incluyen El espejo de Heródoto y siguiendo con Memoria de Ulises; la mencionada Regímenes de historicidad y Evidencia de la historia, De los antiguos a los modernos, de los modernos a los salvajes, Creer en la Historia, Partir para Grecia, La nación, la religión, el porvenir, Cronos, Confrontaciones con la historia y, finalmente, À la rencontre de Chronos (1970-2022).

(2) Hartog, François. Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo. Traducido por Norma Durán y Pablo Avilés, Universidad Iberoamericana, 2007.

(3) Ver Reinhart Koselleck, Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos (publicado originalmente en alemán en 1979 como Vergangene Zukunft), la obra cumbre y fundamental de Koselleck, en la que sentó las bases metodológicas de la historia conceptual.

(4) En Provincializar Europa (2000), Chakrabarty cuestiona la tendencia a universalizar las categorías políticas surgidas en la Ilustración europea (como el progreso, el ciudadano o el Estado). Por lo que Europa, Chakrabarty propone «provincializar» a Europa, asumirla como una provincia más del mundo con su propia historia particular. En El clima de la historia: cuatro tesis (expandido posteriormente en su libro de 2021, The Climate of History in a Planetary Age), afirma al ser humano como fuerza geológica, dado que el capitalismo y la industrialización han convertido a la humanidad en una fuerza biológica y geológica con el poder de alterar los ciclos de la Tierra. Este es ya el terreno del Antropoceno. A su vez, Chakrabarty diferencia lo «global» de lo «planetario». Lo «global» es el mundo construido por los humanos (la globalización, el mercado, la política), mientras que lo «planetario» es la Tierra como un sistema físico que nos antecede y supera por completo y que no responde exclusivamente a los intereses económicos o sociales de nuestra especie.

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