
Hay que escapar de la guerra. Eso es lo que hace Roger Caillois cuando, en julio de 1939, llega al puerto de Buenos Aires. En la gran ciudad del sur, la escritora Victoria Ocampo le da albergue y un refugio intelectual dentro del grupo de la Revista Sur. En Argentina, el escritor que influye en la traducción de la obra de Borges en la editorial Gallimard, descubrirá el lenguaje de las piedras. André Breton, el creador de la doctrina surrealista, también se interesa por esta lengua olvidada.
Al llegar a Buenos Aires, el perfil intelectual de Caillois es el de un sociólogo y crítico literario de vanguardia influenciado por el Collège de Sociologie. Su “rareza” ya asoma en su temprano interés por los insectos. Observa las alas de las mariposas (en especial de la especie Morpho). Estas alas irradian un azul eléctrico y magnético, pero no debido a un pigmento químico: la refracción de la luz azul en las alas de la mariposa es el resultado de la estructura geométrica de sus escamas. Caillois descubre entonces que los reflejos de un azul iridiscente idéntico aparecen también en la piedra llamada labradorita. Ambos, la mariposa y la piedra, apelan a un mismo proceso físico para producir el color azul. En apariencia no existe conexión entre ellos, pero eso es justamente una falsa apariencia. Hay una relación profunda en lo diverso que parece desconectado y, para dar cuenta de esto, Caillois crea la expresión “pensamiento diagonal”: un pensar transversal, oblicuo, lateral y creativo que “intenta descubrir la legislación única que reúne fenómenos dispersos y en apariencia sin relación entre sí”. Esa es la matriz de su alegato para las ciencias diagonales, plasmado en sus ensayos publicados en castellano bajo el título La intuición diagonal por la Editorial Sur.
Antes de refugiarse en la Argentina, Caillois rompe con el surrealismo de André Breton. Sin embargo, su pensar diagonal es en parte deudor de la imaginación surrealista, porque une cosas heterogéneas que aparentemente nada tienen que ver entre sí. Esta audacia para mirar lo no humano lo conecta de forma directa con su contemporáneo Francis Ponge, quien en esos mismos años publica en Francia El partido de las cosas (Le Parti pris des choses, 1942). Al igual que Ponge, Caillois rechaza utilizar el entorno natural como una simple metáfora de los sentimientos humanos; ambos buscan una descripción exacta y despojada que devuelva a los objetos su dignidad intrínseca.
No obstante, mientras Ponge se enfoca en el lenguaje poético para capturar la insurrección de las cosas cotidianas (como el guijarro o el barro), Caillois cruza el umbral hacia una mirada científica y cósmica, buscando en la piedra un velado orden inteligente.
Caillois muestra un gran interés por conocer la inmensidad geográfica argentina. Viaja a la Patagonia y a la Pampa en 1942. La vastedad patagónica antes había deslumbrado a Charles Darwin, como lo testimonió en su Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, y al extraordinario escritor Guillermo Enrique Hudson en Días de ocio en la Patagonia. En una profunda experiencia geopoética, Caillois inicia su camino apasionado hacia la mineralogía. Esto se plasma en sus obras Piedras (1959) y La escritura de las piedras (1970).

Primero, en la Pampa, Caillois se torna receptivo a las presencias mínimas de las piedras. La estepa patagónica también lo alucina con su impronta salpicada de cañadones y los cantos rodados patagónicos, pulidos por las manos de vientos enérgicos durante millones de años. Esa belleza es una presencia profunda, totalmente ajena al deambular arrogante del ser humano. Entonces, lentamente, Caillois respira hondo un “misticismo materialista”: el percibir la inteligente autónoma de los procesos de la materia concretada en las piedras.
La pasión por lo pétreo embelesa al pensador francés durante los últimos 25 años de su vida. Recoge más de mil ejemplares de minerales de todo el mundo. Antes de su partida, dona su colección personal al Museo Nacional de Historia Natural de Francia. Caillois observa que los patrones, vetas y simetrías de las ágatas, los jaspes y los xilópalos (madera petrificada patagónica) entregan, para quien quiera verlo, un alfabeto anterior a los ojos humanos.

Caillois corta las piedras como las malaquitas, los mármoles, las ágatas, los jaspes, los cuarzos. En la imagen interior de las vetas de las piezas cortadas descubre que las rocas “pintan” paisajes abstractos con geometrías perfectas, simetrías axiales y figuras que parecen ciudades o las formas caligráficas de un idioma perdido e ignorado. Dibujos, pinturas, una escritura secreta en las piedras. Antes que las civilizaciones, las piedras ya trazan líneas perfectas, ritmos moleculares y combinaciones cromáticas: las muestras de una inteligente autorregulación mineral.
Para Caillois, recoger piedras es “recolectar tiempo”. Las rocas son lo que vence al desgaste; permanecen idénticas a sí mismas entre el tronar de las tormentas o las guerras. Tocar una piedra es sentir algo cercano a la atemporalidad de lo eterno: “Hablo de las piedras desnudas, fascinación y gloria, donde se oculta y al mismo tiempo se entrega un misterio más lento, más vasto y más serio que el destino de una especie pasajera” (98). Las piedras milenarias reposan en su “inteligencia de archivo” que no olvida; son la geometría pétrea del recuerdo.
La belleza de las piedras no es una creación humana; es el recuerdo de la presencia no humana de la realidad que el hombre puede apropiarase, pero que no es “para nosotros”. Las piedras son testimonio de un “arte sin artista” que desafía la idea de que la belleza depende, siempre, de la mirada humana. La belleza del ágata o el jaspe existía millones de años antes de que el primer hombre naciera para admirarla.
Para Roger Caillois, la inteligencia mineral se expresa en la capacidad de autoorganización de la materia. En las vetas de un ágata, en la simetría de los cristales o en los patrones concéntricos de un jaspe, Caillois ve un “cálculo puro” de la materia que se autoorganiza para resistir presiones externas, cambios de temperatura y limitaciones de espacio.
La inteligencia de los minerales resuelve problemas de adecuación al espacio. Es la conservación de la información por una materia que actúa como una “inteligencia de archivo”, como decíamos, la cual conserva el registro de acontecimientos ocurridos hace miles de millones de años, a salvo del olvido. En lo pétreo vive una imaginación previa a la humanidad, construida por las siluetas en las “piedras pictóricas” que se asemejan a órbitas de planetas, ríos o círculos, atestiguando una potencia creadora de formas complejas.

La filosofía de las piedras inteligentes en tanto que entidades autoorganizadas que propone Caillois se lee hoy como una «cibernética de la geología». Y Caillois no está solo en su desciframiento del lenguaje de las rocas. En Vibrant Matter (Materia vibrante, 2010), Jane Bennett propone que los humanos, por el calcio en nuestros huesos o el hierro en la sangre, somos en parte «vitalidad mineral». En Stone: An Ecology of the Inhuman (2015), Jeffrey Jerome Cohen explica cómo la piedra «sabe» una trama de información que los humanos hemos perdido. O Michael Marder en Plant-Thinking (2013) quien, aunque en principio se refiere a las plantas, cuestiona de igual modo la calificación de los entornos no humanos como entidades «muertas» o «sin mundo».
No solo lo que posee una «cabeza» puede pensar. Las plantas y las piedras son ejemplos de una inteligencia no cognitiva que se expresa en la pura existencia física. Las reflexiones de Caillois cobran fuerza para demoler los muros del antropocentrismo. Allí donde muchos solo ven piedras, el pensador diagonal, el poeta y ensayista Roger Caillois, descubre un lenguaje que desconocía: en las piedras habita una inteligencia a descifrar. Camina una vez entre paramos sembrados de rocas; una tenue lluvia empapa las superficies, les confiere un renovado brillo.
Y Caillois llega hasta la costa de un mar sereno. Ve a un niño que toma un canto rodado en la plaza de arena. El niño camina unos pasos, luego arroja la piedra, esta quizá permanezca allí, cerca de la costa, o, tal vez, de a poco, la corriente la conduzca hasta el mar profundo.
