¨Por Esteban Ierardo

Hace mucho tiempo nos encontramos con la obra del gran físico teórico y filósofo David Bohm. Siempre nos atrajo su visión filosófica, que insiste en que la realidad es una totalidad que solo es dividida y fragmentada por el pensamiento humano. La inteligencia encuentra otro camino: la diferenciación entre el orden desplegado (el mundo visible de las cosas) y el orden implicado (el ritmo más subterráneo y profundo). Aquí una aproximación a su aventura de pensamiento, en la que no temió colisionar con la física cuántica ortodoxa, y ademas cultivó el diálogo y la apertura mental al sostener una larga conversación de décadas con el libre pensador Jiddu Krishnamurti.
David Bohm (1917–1992), fue casi un «hijo espiritual» de Einstein. Ambos se opusieron a la interpretación probabilística y azarosa de la mecánica cuántica tradicional representada por Niels Bohr. En la década de 1940, Bohm trabajó en la Universidad de Princeton como profesor asistente, lugar donde justamente residía Einstein, en el Instituto de Estudios Avanzados. Se reunían con frecuencia para dialogar sobre física, filosofía y sobre el modelo «realista» y determinista del universo que ambos abrazaban. Bohm nuca se dejó convencer por la física cuántica convencional, basada la Interpretación de Copenhague. Como alternativa Bohm propuso variables que niegan el azar puro que exige la teoría aceptada, lo que relacionó con lo que llamó el «potencial cuántico» invisible.
Durante el oscuro periodo macartista, Bohm se negó a testificar contra sus colegas ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Desde entonces, se convirtió en un marginado académico. Einstein siempre lo ayudó mediante su influencia y, al igual que él, Bohm intentó elevarse hacia una visión filosófica de la naturaleza última de la realidad física. Los modelos de referencia para este común empeño, sin embargo, eran diferentes: en Einstein era la relatividad; en Bohm, la mecánica cuántica. En Einstein, el modelo es estático y geométrico, el todo-en-uno; en Bohm, es dinámico y fluido, el todo-en-cada-parte. Ambos se negaron a ser encasillados por la ortodoxia cuántica que interpreta el universo como un devenir azaroso e impredecible. Para ellos, la corriente subterránea del universo visible no es pura indeterminación, sino una lógica matemática subyacente que unifica la realidad.
En 1980, Bohm se desempeñaba como profesor de Física Teórica en el Birkbeck College de la Universidad de Londres. Entre nieblas, lluvias y soplos de invierno, vio publicado su libro Totalidad y el orden implicado. En sus páginas, acariciadas por la parsimonia inglesa, se derrama sobre el lector una teoría disruptiva, audaz y sin temor a las críticas: el Orden Implicado (u orden plegado), un intento de llevar el intelecto hasta el fondo de la realidad. Bohm, como físico pensador, parte de la búsqueda de un acuerdo entre la teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica. A horcajadas de su entusiasmo desinhibido, postula una filosofía universal que se sumerge hasta una profundidad en la que se unen realidad, materia y consciencia. En la construcción de su teoría, Bohm primero lustra el cristal de la distinción entre el Orden Explicado y el Orden Implicado. El Orden Explicado (o Desplegado) es el mundo que visita a diario nuestros ojos y, por lo tanto, nuestros sentidos. Es el altar de la física clásica, con sus cosas separadas ubicadas en el espacio y el tiempo, las magnitudes medibles y todo aquello que puede analizarse y dividirse en partes; la red desplegada de objetos, personas, planetas y también de partículas subatómicas aisladas. Todo esto es innegablemente real, pero constituye apenas el perfil poco iluminado, aplanado y superficial de la existencia. Por el contrario, el Orden Implicado (o Plegado) es la realidad de la profundidad primaria: lo invisible, el sustrato fundamental y multidimensional. Aquí, el espacio y el tiempo pierden su presencia suprema; ahora todo se enrolla dentro de todo lo demás de forma no-local. Nada está verdaderamente separado; la fragmentación pertenece únicamente al Orden Explicado, donde los objetos existen solo como manifestaciones temporales que se despliegan desde el fondo continuo de una realidad indivisa.
Lo fragmentado surge del propio pensamiento, que para Bohm debe ser diferenciado de la inteligencia. El pensamiento funciona mediante reflejos condicionados; repite patrones mecánicamente ya conocidos y divide la realidad en partes, actuando como si esta estuviera verdaderamente separada u diferenciada de los otros seres. De este modo, el pensamiento contribuye a fragmentar la realidad: unos individuos contra otros, unos países contra otros. El pensar corriente produce la fragmentación y luego olvida que él mismo es la causa y la fuente del proceso que divide y fragmenta la vida. La repetición sin alternativas del pensamiento fragmentador hunde a la humanidad en la grotesca mezcla de barro y arena caliente de la oposición, la división y el enfrentamiento: una regresión constante aunque la sofisticación tecnológica crezca como imparable árbol florido rodeado por el lodo y el desierto.
Por su lado, la inteligencia no brota de la memoria o del conocimiento o de las experiencias acumuladas. La inteligencia percibe de manera viva y directa la totalidad indivisa (el orden implicado), atravesada por «el flujo universal que no se puede definir explícitamente…». Y en «este flujo, la mente y la materia no son sustancias separadas, sino que son más bien aspectos diferentes de un movimiento único y continuo«.
La inteligencia no pertenece a la dinámica físico-química del cerebro, sino que actúa cuando este suspende su ruido; accede así a una comprensión profunda que reordena el mapa de la realidad. Cuando la inteligencia gobierna al pensamiento, lo renueva y lo transforma en una herramienta para acercarse a lo que previamente ella misma ha entendido. Pero hoy el pensamiento es autónomo y busca resolver problemas que su propia naturaleza fragmentadora ha creado (guerras, crisis climática):
«Guiado por un concepto fragmentario de su propio mundo, el hombre intenta entonces romperse a sí mismo y su mundo, para que así todo parezca corresponder a su modo de pensar. Así consigue una prueba aparente de que su propio concepto fragmentario del mundo es correcto aunque, por supuesto, no advierta el hecho de que es él mismo, actuando según su manera de pensar, quien ha introducido esta fragmentación que ahora parece tener una existencia autónoma, independiente de su voluntad y de su deseo».
La inteligencia puede observar y comprender al pensamiento como un físico lo hace respecto al movimiento de los cuerpos o las leyes naturales. Puede entender entonces que el pensamiento es solo «un sistema de reflejos materiales« e ir más allá de sus condicionamientos. La inteligencia llega hasta el mirador desde el que aprecia «la Totalidad No Dividida en Movimiento Fluyente».
En Totalidad y el orden implicado Bohm también entiende que el lenguaje debe tomar conciencia de su posible apego al pensamiento fragmentador. Por eso ensaya un experimento lingüístico que lo conduce al reomodo (de rheomode, del griego rheo, que significa «fluir»), cuyo propósito central es un hablar sustentado solo en verbos y movimiento. Esto recuerda a algunas lenguas indígenas americanas (como el blackfoot o el algonquino), que son de naturaleza puramente verbal y procesual.
En Londres llega la noche. Ua tormenta elude la ciudad junto al Támesis, y Bohm continúa su teorizar: al flujo incesante de plegamiento (implicación) y desplegamiento (explicación), Bohm lo llama Holomovimiento. En nuestra percepción corriente, la materia nos da una impresión de estatismo, una apariencia de quietud, como los puentes que unen a Londres o los autobuses de dos pisos que recorren la ciudad, los cuales se mueven pero no cambian su forma esencial. No obstante, lo material es en realidad como un filamento de energía que muta entre el Orden Explicado y el Implicado. Cuando se vuelve a “implicar” o plegar a velocidades descomunales, crea la ilusión óptica que engaña al ojo, haciéndole percibir un objeto sólido y continuo en el tiempo.
Bohm no llega hasta aquí desde la iluminación de una misteriosa intuición, sino desde la aplicación teórica de complejas herramientas matemáticas avanzadas como el Potencial Cuántico (\(Q\)) y la Interpretación Causal, las Álgebras de Clifford y de Von Neumann, las Transformaciones Espectrales en Espacios Multidimensionales y la analogía del Holograma mediante las Ecuaciones de Green y las Transformadas de Fourier. El Orden Implicado es la teoría de un físico con una formidable competencia matemática, atraído por la certeza de que la hondura de la realidad es muy distinta a nuestra limitada percepción corriente.
«Sin embargo, como sabemos muy bien, no puede existir una prueba experimental concluyente que demuestre lo cierto o lo falso de una hipótesis general que se propone abarcar toda la realidad», afirma Bohm en Totalidad e infinito.
Junto a su fundamentación matemática, el lenguaje de Bohm apela a metáforas que dinamizan la explicación teórica: el holograma, la gota de tinta en la glicerina, y el océano y las olas. Afuera llueve con líquida energía. Lo tempestuoso invita al recogimiento. Si tomamos una fotografía analógica corriente y la cortamos a la mitad, fragmentamos el espacio físico de la imagen. Un holograma es lo opuesto: una placa holográfica puede romperse en miles de pedazos y, en cada fragmento individual, se preservará la imagen del todo completo —con menos nitidez, sí, pero íntegra—. El universo replica este estado holográfico: el todo está en cada parte, y viceversa.
Imaginemos ahora que nos movemos hacia una habitación en la que hallamos un cilindro transparente lleno de una viscosa glicerina. En ella derramamos una gota de tinta negra. Al girar el cilindro, la gota se estira, se angosta y se transforma en un delgado hilo que tiende a desaparecer: es como si se plegara en la glicerina. Al girar el cilindro en sentido contrario, el hilo reaparece y se reagrupa en la gota original. La gota nunca desapareció; solo quedó implicada dentro de la estructura del fluido. La lluvia cede, la noche pasa susurrando secretos y, por la mañana, nos desplazamos hasta la costa del mar. La presencia del gran agua rezuma un azul atemporal. Los objetos del orden explicado y sus partículas son como las olas en el mar. La ola se comprime y se ondula entre su rumor y la espuma; parece una entidad independiente, pero nunca lo es: es tan solo un movimiento del océano. El Orden Implicado es el océano; las olas son el movimiento aparente del Orden Explicado.
Para Bohm, la mente no puede ser separada de la materia. Un dualismo inaceptable no es solo el de la mente y el cuerpo, sino también el que divorcia lo mental de la inteligencia cósmica. La seductora sombra del reduccionismo materialista debe ser disipada por la luz del entendimiento. Fiel a esto, materia y consciencia son, para el físico, proyecciones del mismo Orden Implicado. El Soma (lo material/físico) y el Significado (lo mental/intencional) se entrelazan en un bucle infinito. El universo rebosa de lo que él llamó Información Activa. La materia dimana una cualidad proto-mental que la entrelaza con los significados implícitos en el cosmos. Al seguir la corriente de su pensamiento, descubrimos que nada vibra separado: lo desplegado, el observador y lo observado, la mente y el cuerpo, la naturaleza y la humanidad están integrados y plegados en el Holomovimiento, la suprema realidad subyacente.
Bohm pertenece a la minoritaria dinastía de los pensadores científicos que embiste contra el dualismo tradicional entre lo mental y lo físico. Para el heterodoxo físico amigo de Einstein, la conciencia surge desde el orden implicado, como red subyacente, profunda, «plegada», en la que todo está conectado. Como para otros pensadores, el cerebro no es la fábrica o generador de la conciencia sino su «receptor» que sintoniza el campo de la conciencia que emerge del holomovimiento del flujo dinámico y continuo en el que todo el universo se despliega y se vuelve a plegar.
El Orden Implicado descompone la imagen convencional según la cual en el universo no hay más conciencia que la humana, o que la mente solo emerge de nuestro cerebro de forma accidental. Nos demuestra que el tiempo no es una mera sucesión lineal, sino una simultaneidad latente, y que el universo externo y desplegado posee una necesaria, infinita y vibrante contraparte plegada en la profundidad.
Bohm realizó otras contribuciones particulares en la física y, fiel a su desinterés por los límites que impone la ortodoxia, se reunió con el pensador hindú Jiddu Krishnamurti. Un diálogo iniciado en 1965 y continuado por más de 25 años, compartiendo diálogos grabados, libros y seminarios. Krishnamurti representa una comprensión de la mente afín con el budismo zen. Nuestra mente está condicionada por prejuicios, deseos e insatisfacción que colonizan constantemente el presente, por lo que el verdadero presente nunca es percibido debido a la insistencia repetitiva de un pensamiento ya programado. Solo la suspensión de ese modo de pensar aquieta la mente para que esta se encuentre con lo no distorsionado por el torrente de imágenes mentales repetidas. Krishnamurti y Bohm compartieron más de treinta diálogos, recogidos en varios libros principales, entre ellos: Más allá del tiempo y Los límites del pensamiento. Espiritualidad oriental y vanguardia científica se escuchan y retroalimentan recíprocamente, en lugar de enquistarse en la indiferencia y un desprecio recíproco.

Colaboró también con el neurocientífico Karl Pribam, con quien elaboró el modelo holonómico del cerebro. Los recuerdos no se almacenan en una sola región del cerebro, sino que, como un holograma cuántico, cada parte del tejido cerebral contiene toda la información.
El legado vivo de David Bohm primero evidencia que la interpretación científica del mundo físico impele muchas posibilidades a veces muy contrapuestas entre sí; segundo, la posición dominante goza con repetir un cómodo consenso, mientras que para otra posición, como la de Bohm en este caso, lo central es el modelo que opta por lo no aceptado. Por este sendero intelectual, Bohm explora otro modo de entender la inteligencia que reconoce la diferencia entre la totalidad y el pensamiento fragmentador. La realidad que reproduce la división y separación no es «real» sino un hábito mental humano. En lo real como totalidad, mente, conciencia, materia, son distintas aristas de un mismo fluir. Tal vez pensar de forma diferente se acerca más a la realidad física que no es solamente física.

(*) Este artículo es una versión adaptada de un capítulo de libro inédito La inteligencia de las mil caras.