(última actualización 11-5-2025)
«Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» es uno de los cuentos máximos de Jorge Luis Borges. Quizá la cima más elevada y compleja de su literatura. En sus líneas se amalgaman imaginación literaria y pensamiento filosófico. Esta ficción ilumina el modus operandi creativo borgeano en el que la literatura actúa como creación mental de un mundo que late en las antípodas del nuestro. En este ensayo, organizado en ocho partes, nos acercamos a este cuento fundamental del autor de Ficciones.
- El origen de Tlön
Borges une literatura, filosofía e imaginación en una combinación quizá única. Su invención de otro mundo vibra en su «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» (a partir de ahora nos referiremos al cuento simplemente como Tlön, de forma abreviada, y las citas de este cuento proceden de su versión en el volumen de las ediciones completas de Emecé).
Tlön se publicó originalmente en Sur, Año X, N 68, mayo de 1940. Luego integrará las páginas de Jardín de senderos que se bifurcan, y finalmente de Ficciones. En su Autobiografía, Borges dice que el relato versa «sobre el descubrimiento de un nuevo mundo que finalmente reemplaza a nuestro mundo actual» (1) . Aquí aparece también el tema de un segundo mundo, o de un contra-mundo (colunter-world), como lo llama George Steiner en After babel.
Luego de sumergirnos en los meandros creativos del relato borgeano, arribaremos a la postulación de su mundo literario-filosófico. Un paradojal proceso por el que lo fantástico permite recuperar un nivel de realidad no pensado ni percibido habitualmente.
Tlön es consecuencia de la influencia en Borges de la lectura de George Berkeley (1685-1753), el filósofo irlandés cultor del inmaterialismo o lo que se identifica más como idealismo subjetivo, doctrina que niega la existencia de la materia en beneficio de una realidad puramente mental; y de Clive Staples Lewis (1898-1963), gran amigo de Tolkien, gran conocedor de la literatura medieval y profesor de la Universidad de Cambridge, autor de La alegoría del amor, un estudio de la tradición poética medieval representada en Edmundo Spencer, y de un prefacio del Paraíso perdido, la obra de Milton. Muerto ya adquiere fama con Las Crónicas de Narnia.
El libro que gravita especialmente en Borges durante la escritura de Tlön es justamente la novela de Lewis Más allá del planeta silencioso (Out of Silence Planet, 1938), con traducción de Elvio Gandolfo. Un relato fantástico con la impronta de H. G. Welles y de El primer hombre en la Luna. Borges se encuentra con esta obra luego de un accidente crucial en su vida. En 1938, al subir por una escalera se llevó por delante los batientes abiertos de una ventana. Fue internado. En su cuerpo se declaró una septicemia. Su vida corrió riesgo. Aun dado de alta, el escritor temió consecuencias cognitivas. La incapacidad para comprender como secuela. Llegó un libro pedido a Inglaterra. La mencionada obra de Lewis. Su madre le leyó sus páginas en inglés. Sintió que comprendía y se deleitaba. Entendió la ficción del escritor británico, y ésta alimentó su fértil imaginación. En la novela de Lewis se narra un viaje más allá de la Tierra hasta llegar a Marte. Un académico de Cambridge, el Dr. Ransom, es secuestrado, y en una nave espacial es conducido al planeta rojo de Malacandra. Ranson descubre que allí la Tierra es llamada el «planeta silencioso!». Malacandra tiene su especial flora y fauna, su paisaje, clima, historia, y diversas razas y lenguajes.
Borges buscaba elevar lo fantástico a otro nivel, a una instancia filosófica y con un entramado imaginativo de alto aliento. Ansiaba sacar la fantasía literaria del redil del terror y lo sobrenatural. En una reseña sobre La estatua casera, libro de Adolfo Bioy Casares, en 1936, el autor de Ficciones afirma:
«He recorrido muchas Utopías-desde la epónima de Moore hasta Brave New world – y no he conocido una sola que rebase los límites caseros de la sátira o del sermón y que describa puntualmente un falso país, con su geografía, su historia, su religión, su idioma, su música, su gobierno, su controversia matemática y filosófica…su enciclopedia, en fin: todo ello articulado y orgánico» (2).
Crear un «falso país», «todo articulado y orgánico». Esto recuerda, en principio, la imaginación utópica, o distópica, creadora de otra realidad cultural, como en los casos mencionados por Borges de la Utopía (1516) de Tomas Moro, o Brave New world (Un mundo feliz, 1932), la célebre novela de Aldous Huxley.
En el caso de la obra de Moro, su segunda parte es el relato del descubrimiento por un navegante portugués de la isla de Utopía, con capital en Amarouta, en la que vive una comunidad pacífica que practica la propiedad comunitaria de los bienes y cuyo gobierno se determina por voto popular, pero no a la manera de las democracias actuales. Una comunidad imaginaria que introduce de forma encubierta un «sermón» o pontificación sobre la necesidad de un progreso moral hacia una sociedad más virtuosa.
En el caso de Un mundo feliz (en inglés, Brave New World), en la novela de Huxley impera el motivo de «la sátira» sobre una futura e hipotética sociedad fundada en la tecnología reproductiva y la manipulación de las emociones mediante drogas (soma) que confieren una felicidad artificial. En esa sociedad, la apariencia de orden y libertad sexual convive con la eliminación de la diversidad cultural, la filosofía, la literatura, el real progreso científico y el amor.
La creación de otro mundo ya no se reducirá entonces solo a «los límites caseros de la sátira o del sermón», las dos actitudes que inficionan los postulados de la imaginación creadora en Moro o Huxley, sino a la invención de otro país primero, y luego otro planeta, con su diversidad de lenguas, su mitología, religiones, su filosofía y ciencias, lo que le permitirá a Borges combinar lo fantástico con lo metafísico. Ese otro mundo es Uqbar, un país imaginario en algún lugar de Asia. Tlön, término inventado, sin un origen etimológico preciso es, en un principio, una región de Uqbar.
2.Los espejos y Uqbar

«Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar». En el espejo se refleja una biblioteca y una enciclopedia, The Anglo- America Cyclopaedia, reimpresión, imaginaria, de la Enyclopedia Britannica de 1902, que Borges y Bioy Casares ven en una quinta en la calle Gaona, en Ramos Mejía, en un suburbio del Gran Buenos Aires, con un pasado residencial.
Con su amigo Bioy Casares, Borges escribió varias obras del género policial con el seudónimo de Bustos Domec, como Seis problemas para don Isidro Parodi (1942). Ante la cercanía acechante del espejo, Bioy Casares recordó la afirmación de un pensador heresiarca de Uqbar, quien había declarado: «los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres», una frase de impregnaciones gnósticas (3), que encontró escrita en un artículo sobre Uqbar en la mencionada The Anglo American Cyclopedia. Uqbar es un país cerca de Irak o el Asia Menor. En la quinta hay un ejemplar. El artículo recordado por Bioy no apareció. Entonces, Borges cayó en la duda y el escepticismo sobre lo dicho por su amigo. Pero luego, en su propia biblioteca, el autor de La invención de Morel halló el volumen que había comprado en un remate. En vez de las 917 páginas del volumen XXVI de la quinta de Ramos Mejía, el suyo tenía 921 páginas. En esa adición se acomodaban las líneas que se refieren a Uqbar, un país desconocido. De Uqbar no se detectó huella de su presencia ni en el atlas de Justus Perthes (4), ni en la obra Erdkunde de Ritter (5). Nada en la descripción de Uqbar alude al mundo abarcado por la geografía conocida, salvo tres lugares: Jorasán (una de las treinta provincias de Irán), Armenia, y Erzerum (ciudad de Turquía, en Anatolia Oriental). Nada hace recordar la historia registrada por los libros salvo el personaje Esmeredis el mago (6).
En el artículo sobre Uqbar hay una descripción geográfica de sus ríos, cráteres, cadenas de montañas, unas islas donde se refugiaron ortodoxos perseguidos y con un obelisco y espejos de piedra enterrados. Las referencias a su idioma y literatura son breves. Su acervo literario, siempre fantástico, incluyen dos regiones imaginarias: Mlejnas y Tlön. La bibliografía del artículo consigna cuatro volúmenes inhallables, uno de ellos en alemán y atribuido a Johannes Valentinus Andreä, «un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz». En la Biblioteca Nacional de Argentina, ni Borges ni Bioy dieron con aquellos volúmenes ni con el nombre de Uqbar; tampoco en el tomo de la enciclopedia de Bioy había una mención de ese nombre.
Y el misterioso país inhallable de Uqbar pertenece al encuentro de los espejos y de un enciclopedia. En la herencia de las tradiciones, los espejos son símbolos del alma, que se refleja como sombra o como destello luminoso. En este sentido Sir James Frazer afirma: «Así como muchos pueblos creen que el alma humana radica en la sombra, así otros ( o los mismos) creen que reside en la imagen reflejada en el agua o en un espejo» (7). Creencia que Borges confirma: «Yo temo ahora que el espejo encierre /el verdadero rostro de mi alma,/ lastimada de sombras y de culpas,/ el que Dios ve y acaso ven los hombres» (8). Asimismo, el reflejo especular metaforiza el desdoblamiento de la personalidad. En su ambivalente desdoblarse el yo es autocontemplación, como en un espejo, que regala el conocimiento de uno mismo, de nuestra identidad, pero que también es riesgo de enamoramiento de la propia imagen reflejada como en el mito de Narciso. El espejo, entonces, como recuperación de sí o pérdida de sí.
En Jorge Luis Borges, el espejo es polivalente, ante todo es sinónimo de apariencias, irrealidad, ilusión o vanidad. Desde niño «Yo que sentí el horror de los espejos…». El estremecimiento que provocan es por su multiplicar las apariencias y lo ilusorio. Y, en definitiva:
Dios ha creado las noches que se arman
de sueños y las formas del espejo
para que el hombre sienta que es reflejo
y vanidad. Por eso nos alarman. (9)
Y tal como lo evidencia Jaime Alazraki (10), lo especular borgeano es también el ser individual en tanto «meros espejos» de la divinidad, como en «El acercamiento de Almotásim» (11). Dios es un gran espejo que irradia en los humanos reflejos menguados y debilitados de su divinidad. Pero el humano también es reflejo del mundo celeste, trascedente, eterno; el simulacro de una realidad ordenada, radiante y superior, como en la relación Mundo de las Ideas y Mundo de las Cosas en Platón, o en los mencionados gnósticos.
El reflejo puede ser también duplicación o inversión de nuestro propio mundo inmediato. En la vida corriente, primero es la rotundidad física de las cosas, y la mente como observador del mundo dado. Bajo los reflejos de los espejos y su duplicación invertida, en el planeta imaginado por Borges, el círculo de las cosas depende ahora de los procesos mentales. Tlön nace del reflejo especular no tanto como multiplicador de la ilusión, la vanidad y la fragilidad humanas, sino que la inversión de las imágenes por los espejos (aunque esto en realidad sea solo un efecto de la luz) sitúa a la mente, como se verá, como condición del mundo externo y no al revés.
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3.La Enciclopedia y la sociedad secreta

En su juventud, Borges vivió en Europa durante un largo viaje. Estudió en Suiza, aprendió a leer en alemán a su querido Schopenhauer, conoció en Sevilla el ultraísmo de Cansinos Assens. Y fue asiduo del hotel Las Delicias, en Adrogué, en el Gran Buenos Aires, entre las abigarradas localidades que rodean a la capital argentina.
Allí, en la ficción, conoció a Herbert Ashe, un ingeniero inglés de los ferrocarriles del Sur. Ashe se corporiza entre «el fondo ilusorio de los espejos», lo que recalca su condición singular ya que siempre «padeció de irrealidad». Los hijos de Inglaterra tenían grandes intereses en la vasta red de trenes que habían construido en Argentina. El padre de Borges entabló con Ashe «una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo». Se intercambiaban libros y periódicos y jugaban al ajedrez. Ashe era aficionado a las matemáticas. En 1937, murió de la rotura de un aneurisma. Antes, recibió un libro del Brasil, que dejó en el bar del hotel. Borges lo encontró. El libro escrito en inglés tenía 1001 páginas, alusión obvia a Las mil y una noches. En la primera página se mostraba un óvalo azul con la inscripción Orbis Tertius. Se trataba del volumen XI de La primera enciclopedia de Tlön. Su contenido ya no se restringía a un artículo y a un país, sino a «un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus selvas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales, sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con sus controversia teológica y metafísica.»
Numerosos investigadores se apasionaron por seguir las huellas de los volúmenes de la enciclopedia oculta que el «onceno tomo» sugería. En su búsqueda, se han «desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa». Como respuesta a este fracaso Alfonso Reyes afirmó que una «generación de tlönistas» podría reconstruir los tomos desaparecidos. Pero el tema fundamental es: «¿Quiénes inventaron a Tlön?». Debieron ser varios autores anónimos, un solo genio para obra tan vasta sería algo imposible.
La enciclopedia de Tlön es «obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras…dirigidos por un oscuro hombre de genio».
Tlön nace del reflejo invertido de los espejos, y de la forma exhaustiva de ordenar el conocimiento de una enciclopedia. Pero lo enciclopédico aquí no es el vasto ordenamiento alfabético del saber sino el brío inventor de un país primero, y luego de un planeta. La enciclopedia ya no como receptáculo de la totalidad provisional del saber sino como medio de creación de una cosmovisión ficcional. Lo enciclopédico como acto mismo de ficción, como la enciclopedia china en «El idioma analítico de John Wilkins» (12). La enciclopedia como literatura.
A horcajadas de su enciclopediafilia, a sus 83 años, Borges, en conversación con Roberto Alifano se reconoció ante todo como «un lector de antologías, de enciclopedias. No me importa que sean viejas. Yo no busco solo información. Busco también estímulos». Así la enciclopedia era su «género literario favorito». Y se reconoció como «lector fragmentado»: «No sé si he leído un libro completo en mi vida».
Borges se nutrió de varios esfuerzos enciclopédicos, primero y ante todo de los 32 tomos de la decimoprimera edición de 1910 de la Enciclopedia Britannica, su obra de cabecera, lo que siempre repetía en sus recuerdos. Acudía también a la enciclopedia alemana Brockhaus, la italiana Treccani y la Cyclopaedia o Diccionario universal de artes y ciencias de Ephraim Chambers, editado en Londres en 1728. Y si bien se pueden rastrear varios antecedentes o esbozos de enciclopedias, Borges estimaba como primer enciclopedista al romano Plinio el Viejo, autor de una Historia natural del siglo I, con sus 37 volúmenes en el que compilaba todo el conocimiento disponible en su época, fiel al origen de la propia palabra enciclopedia, del griego paideia, «instrucción», y de kyklos, círculo, la «instrucción en el círculo del conocimiento». Ese «círculo» antes, y hoy, como en su versión contemporánea online de la Wikipedia, tienta con la fascinación de acceder a la totalidad del conocimiento.
En tiempos ya de la modernidad ilustrada, e inspirado en la Cyclopaedia de Chambers, el filósofo Denis Diderot lideró el nacimiento, entre 1751 y 1766, de L’Encyclopédie o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, con 72.000 artículos de más de 140 colaboradores, como Voltaire, Rousseau, Condillac, d’Holbach, Louis de Jaucourt, entre otros.
La Enciclopedia Britannica tan leída y ponderada por Borges, nació en 1768 como la versión conservadora ante la revolucionaria enciclopedia francesa. Sus impulsores fueron los escoceses William Smellie y Andrew Bell.
Pero todas las enciclopedias mencionadas eran públicas. La nacida del genio borgeano es secreta. Manuscritos, textos secretos, perdidos, olvidados u ocultos, son parte de un mecanismo ficcional en Borges para introducir en su literatura lo extraordinario con visos de mayor persuasión o verosimilitud. Es el caso de «El inmortal». En 1929, el anticuario Joseph Carthapilus vendió a una princesa los seis volúmenes de la Ilíada de Pope. Luego de su muerte en el mar, la princesa encontró un manuscrito, olvidado y secreto, en el último tomo de la obra que había adquirido del hombre especializado en la venta de libros antiguos o raros. El texto era la narración de un soldado romano que descubre que todos somos inmortales. El relato de Marco Flaminio Rufo fluye con letra verosímil, como si se tratara de una historia estrictamente real. Así Borges cultiva el procedimiento de atribuciones falsas tanto a textos verdaderos como inventados, y también anima un proceder que difumina las fronteras entre lo real y lo ficcional, como la inclusión dentro del texto de varios de sus amigos escritores. La mera invención así fulge, engañosamente, como manifestación de realidad.
Y algunas revistas han divulgado «la zoología y topografía de Tlön». Pero lo esencial del planeta misterioso es su concepto del universo.
4. El Idealismo filosófico y el otro planeta.

En nuestro mundo conocido prospera un realismo «naturalizado». Creemos que el mundo exterior es independiente de nuestra mente. Los árboles o plantas reverdecen por sus propios procesos sin que nuestro pensamiento participe. El cielo y sus nubes, la tierras y sus características orográficas, también son ajenos a nuestro pensar. Pero en el planeta imaginado por Borges impera una inversión de lo corrientemente aceptado en nuestra vida diaria. «Las naciones de ese planeta son-congénitamente- idealistas». Alusión al idealismo como la escuela filosófica de la modernidad, a la que luego nos referiremos específicamente; corriente expresada en Schopenhauer, Berkeley, Kant, Hegel, Fichte, por la que la mente proyecta y modela el mundo que habitamos.
En el otro planeta no solo se trastoca el concepto de realidad, también se modifica la estructura del lenguaje. En la lengua de Tlön en su hemisferio austral «no hay sustantivos». Verbos impersonales sustituyen a entidades sustanciales. No hay luna, sí «lunecer o lunar». En el hemisferio boreal la inversión del sustantivo es por «acumulación de adjetivos». Aquí tampoco puede decirse luna sino «aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue del cielo». El poder expresivo del lenguaje es versátil en Tlön: una sola y enorme palabra puede componer un poema; es posible referirse a un objeto desde un término visual y otro auditivo: «el color del naciente y el remoto grito de un pájaro».
Las lenguas de Tlön activan la preferencia borgeana por los lenguajes imaginarios. Algo en que lo precede el mencionado John Wilkins. Las lenguas artificiales afloran en diversos ámbitos y tiempos. Pueden ser El klingon, idioma extraterrestre del universo ficcional Star Trek; o el sindarín, el idioma élfico inventado por J.R.R Tolkien en la trilogía de El señor de los anillos; el volapük, creado por el sacerdote alemán Johan Martin Schleyer para permitir la compresión de personas de distintas culturas; o el enoquiano, supuesto idioma angelical documentado por el ocultista inglés John Dee en el siglo XVI.
Y Borges menciona a George Dalgarno (1626-1687), un lingüista y filósofo escocés que estuvo en contacto con John Wilkins. Dalgarno enseñó casi toda su vida gramática en Oxford, y creó una lengua sintética en la que las palabras son reemplazadas por una gran cantidad de morfemas (la unidad gramatical más pequeña del habla, una palabra como «lugar» o «un», o un elemento de una palabra, como re- y red en «reapareció»). Dalgarno presentó su lengua artificial en su libro Ars signorum (1661). El famoso manuscrito Voynich es un libro ilustrado y de un idioma que nunca se ha logrado traducir. Quizá su inventiva lingüística proceda de una lengua sintética como la propuesta por Dalgarno. Y en su caso, como en el de todos los creadores de lenguajes singulares, lo que se remarca es un deseo de inventiva de mundos alternativos, dado que cada lenguaje inventado es portador implícito de otro mundo a enunciar, como el propio Tlön.
Desde la fascinación por los lenguajes ficticios, Borges menciona a su amigo Xul Solar, el extraordinario pintor y astrólogo que imaginó un lenguaje, o un esbozo del mismo más bien, cuya sintaxis mezcla esperanto con palabras latinas, criollas y porteñas. Los lenguajes artificiales son más seductores que las lenguas reales porque reducen la ambigüedad y potencian la precisión; su encanto es fabulado pero no es rasgado por los cambios de los procesos históricos. Son posible medicina ante la percepción de amenaza constante de caos en la trama social. Así son invenciones blindadas ante la experiencia del desgaste y el desorden.
La tensión lingüística no es solo la contraposición lengua real e histórica y lenguaje como artificio, sino el problema filosófico en el punto de inquietud sobre si las redes de palabras expresan o no la realidad. Cuestión en la que luego, al final, nos concentraremos en particular. En Tlön el lenguaje modifica el orden gramatical del sustantivo, el verbo o el adjetivo, pero no escapa a la primacía del idealismo. Idealismo que, como adelantamos, supone el modo de construcción de la realidad en el planeta borgeano.
En Tlön, las cosas no existen desperdigadas en el espacio. Por el contrario, la existencia late en el tiempo, en «una serie heterogénea de actos independientes» en la mente; es decir, en «una serie de procesos mentales, que no se desenvuelven en el espacio sino de modo sucesivo en el tiempo«. La aparente condición física y rotunda de un carro o una espada no existe como perdurable o estable en el espacio sino como sucesión de hechos independientes en el tiempo y en la mente: » la percepción de una humareda en el horizonte y después del campo incendiado y después el cigarrillo a medio apagar que produjo la quemazón es considerado un ejemplo de asociación de ideas». Distintas cosas solo existen como hechos independientes que solo son para y en la mente del sujeto y solo se manifiestan en el devenir del tiempo, en el que la mente asocia las representaciones de las cosas particulares. Solo por la mente, mediada por el lenguaje, y su conexión de hechos que remiten a objetos, se manifiesta el mundo como un orden sucesivo de fenómenos.
Pero todo estado de la mente, por ejemplo de reunión o vinculación de dos hechos ( o cosas) es «irreductible», inexpresable, el mero hecho de nombrarlo «… importa un falseo». Entonces se nombra o enuncia algo a condición de saber que esto es otro estado mental, y no la referencia a algo real y externo de consistencia estable en el espacio. Todo es así mental. Un idealismo o pansiquismo. Todo es por y en la mente. Aquí, además de los filósofos idealistas a los que luego aludiremos, puede sospecharse también la infiltración de ráfagas de pansiquismo macedoniano (14). Y no debe soslayarse que la propia noción del objeto ante el sujeto es solo una hipótesis en Tlön; una hipótesis bajo la forma del pansiquismo o panteísmo idealista dado que, como ya advertimos, todo lo «real» solo es lo mental, lo construido por el pensamiento y el lenguaje que habla o dice, pero esto no expresa la realidad en su desnudez y verdad. Como insistiremos, la realidad, lo que que Borges recupera como «la realidad», es siempre lo no cognoscible.
El conocimiento de la presunta realidad externa y estable en el espacio es entonces incognoscible. Es decir, una región de ser de imposible acceso. Por esto, no son posibles las ciencias como estudio de causas y efectos estables. No hay estabilidad de fenómenos en el espacio que una ciencia abrace como continuo objeto de análisis. Pero la inestabilidad esencial de las cosas invalida también la filosofía porque el ser del mundo no es explicable o «reducible» a una proposición.
Sin embargo, a pesar de esto, ciencia y filosofía abundan en Tlön. Pero solo a condición de saber que toda filosofía es un «como sí» (Philosophie des Als Ob), la filosofía que, a la manera kantiana, postula y piensa sin poder atrapar lo pensado en conocimiento seguro y estricto. Por eso, se multiplican los sistemas filosóficos en Tlön, siempre enfundados en la previa renuncia a la imposible busca de la verdad. La metafísica en nuestro mundo no «invertido» es pretensión de un saber riguroso, universal y necesario (lo mismo en la ciencias, fundamentalmente en las matemáticas). Pero en Tlön se sabe que «la metafísica es un rama de la literatura fantástica». No se arrojan redes de conceptos hacia «la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro». En el planeta de Borges el asombro es una forma de perplejidad y veneración de lo raro del mundo, y experiencia lateral de la napa más honda y perdida de «lo real». El saber entonces no es asertivo sino especulativo.
Y en la cultura clásica de Tlön todo se reduce a la psicología, a un saber sobre los procesos mentales. El hipotético saber filosófico de un conjetural absoluto capturado por un sistema de pensamiento es inviable. En Tlön:
«Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a cualquiera de ellos».
El fracaso de los sistemas es consecuencia de la imposibilidad de una realidad permanente, dado que no hay que olvidar que en Tlön no es posible «la adición del instante presente y de los pretéritos». Pero si es así el tiempo no sería posible. No existe el tiempo en sí mismo, o solo es un estado mental que se limita al presente. El futuro aún no es, y el pasado irrecuperable, no asociable con un instante posterior, solo sería «un recuerdo presente». Esto último le es sugerido a Borges por Russell en su obra El análisis de la mente, 1921. La humanidad habría irrumpido hace pocos minutos y lo que se recuerda como un vasto tiempo es «un pasado ilusorio». También algunos piensan en Tlön que todo el tiempo ya ha trascurrido, y por tanto la vida es un «recuerdo crepuscular». Y para Schopenhauer, al que luego nos referiremos en particular, como también Borges recuerda en otro momento de su obra, el tiempo «es solo el presente no el pasado ni el porvenir», ajeno entonces a una real sucesión temporal (15).
5. El materialismo y el idealismo del sujeto que es «uno y eterno».

La estabilidad en el espacio conllevaría continuidad de los objetos, con independencia de un estado mental que les de existencia. Si así fuera, la materia de las cosas se emanciparía de la mente, se desligaría de las condiciones del pensamiento como condición del existir de los entes. Por eso «entre las doctrinas de Tlön, ninguna ha merecido tanto escándalo como el materialismo». Para demostrar esto, un heresiarca del undécimo siglo «ideó el sofisma de las nueve monedas de cobre».
Un día, por caso un martes, un caminante (X) atraviesa una senda desértica y extravía nueve monedas de cobre. Dos días después otro viajero (Y), se topa con cuatro monedas «algo herrumbradas por la lluvia del miércoles». Otro individuo (Z), el viernes halla otras tres monedas. Ese mismo día, el primer individuo (X), el que perdió los metales pequeños y circulares, recupera dos monedas de cobre «en el corredor de su casa». Para el heresiarca disruptivo esta sucesión de perdidas y hallazgos evidencia que las nueve monedas siempre han perseverado en su existir. Lo más razonable es deducir entonces que todas las monedas «han existido-si quiera de algún modo secreto de comprensión vedada a los hombres- en todos los momentos de esos tres plazos».
La ortodoxia en Tlön repudía la paradoja del díscolo libre pensador. Alegan que entre las monedas perdidas y las encontradas (que en este caso son las mismas) se acude a una «petición de principio»; es decir, que se presupone lo que habría que demostrar: la «identidad de las nueve primeras monedas y de las últimas».
Luego de un siglo, un pensador equivalente en genio pero ortodoxo propuso una solución de la paradoja de las monedas perdidas y encontradas. Así afirma que lo que parece una pluralidad de sujetos X,Z,Y, son parte, en realidad, de un solo sujeto, un «sujeto indivisible». Cada sujeto individual es un órgano o máscara de la divinidad del sujeto universal, lo que comporta la disolución de la identidad individual, dado que cada individuo es solo una «máscara» provisional del sujeto único. En Tlön hay así un solo «sujeto del conocimiento que es uno y eterno». La pluralidad de los individuos pueden perder y hallar un grupo de monedas no porque éstas permanezcan en el espacio sino porque un solo sujeto trascendental y a priori expone a cada sujeto o individuo al conjunto de monedas que pueden mutar entre el estado de presentes, desaparecidas y reaparecidas. En un plano más alto que las mentes individuales, el sujeto único y eterno es ahora sustento de un «panteísmo idealista».
Aquí asoman de vuelta los manantiales filosóficos en los que se solaza la creatividad borgeana: Berkeley, Hume, Schopenhauer.
Berkeley, obispo irlandés, pero también agudo pensador, exponente preclaro del idealismo subjetivo, la posición filosófica que sostiene que no existe la materia como sustancia independiente de las ideas; la realidad es en la mente humana o divina. El filósofo británico acaricia aquí su famoso principio «ser es ser percibido» ( esse est percipi), una idea solo es en tanto que es percibida, lo que subraya la inexistencia de objetos materiales emancipados de la mente. Para Berkeley toda representación de objetos refiere a la actividad de nuestra mente y, ante todo, de la mente divina.
La mente divina percibe todas las ideas y les confiere existencia. Por eso, cierto individuo puede perder unas monedas, ya no percibirlas, como X, pero estas continúan existiendo en la mente de Dios.
David Hume, el empirista y escéptico escocés del siglo XVIII, rechaza los argumentos de Berkeley, como se subraya en el texto borgeano. Para el nativo de Edimburgo, la realidad externa es precedente e independiente del reino mental de la subjetividad. Pero como en Kant, esto lo conduce a negar la posibilidad de conocer las cosas mismas mediante los supuestos poderes de una racionalidad metafísica anclada en la ley de la causalidad o los principios lógicos innatos. La asociación de ideas en la mente y el conocimiento proposicional surgen, en definitiva, del hábito o costumbre de lo que el sujeto percibe mediante sus sensaciones, de forma repetida y regular en el afuera. De esta manera, el empirismo humeano desmonta cualquier posibilidad de lo mental como constructor y garante de la realidad misma. Lo opuesto del idealismo tlönista.
Y el «lúcido y apasionado» Schopenhauer resuena en consonancia con el idealismo que modela el diario vivir de Tlön. En el primer volumen de Parerga y Paralipomena (1850), Schopenhauer se adentra en la distinción entre lo real y lo ideal. Lo real es en primer término la plétora de cosas independientes de nuestra mente; lo ideal es lo que se conoce desde las representaciones mentales. En la historia de la filosofía, se ha extendido una continúa línea demarcatoria entre lo real y lo ideal. El filósofo alemán recuerda a Descartes y su cogito ergo sum («pienso, por lo tanto existo), y la certeza única de la conciencia (la res cogitans), distinta a la incierta o problemática existencia de todo lo demás (res extensa) . Así revigorizó un dualismo entre la cosa y la conciencia. Y en Descartes, en Malebranche o en Leibniz, la mediación de Dios asegura la coincidencia o coexistencia entre lo externo de las cosas y la conciencia del sujeto. Esa diferencia o dualidad la quiso superar Spinoza atribuyendo la res extensa y la res cogitans a la realidad única de la sustancia infinita. Pero lo externo de las cosas no corresponde a las cosas en sí mismas. Dicha cosas en sí o la realidad como tal es el nóumeno kantiano, que es de vuelta, incognoscible. En Schopenhauer lo real fuera de la mente y sus representaciones, es la Voluntad. Pero el mundo que se conoce lo construye el sujeto universal y sus representaciones.
En Tlön, la hipótesis idealista se radicaliza con la postulación del sujeto único y eterno. De manera pareja, la creación literaria debe atribuirse a ese solo sujeto. No tiene sentido firmar un libro para convertirlo en pieza de creatividad individual, posesión de un solo dueño. La crítica puede inventar autores, y perseguir las señales de su autenticidad. Pero no hay plagio o imitación, o robo de autoría posible, porque «se ha establecido que todas las obras son de un solo autor, que es intemporal y anónimo«.
Lo que condice con el concepto de literatura del propio Borges como proceso creador impersonal en «La flor de Coleridge»:
«Hacia 1938, Paul Valéry escribió: «La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor.» (16 )
Es decir, «el Espíritu como productor o consumidor de literatura» es mente, espíritu universal e impersonal como fuente de las obras que, en la superficie, parecen creaciones de autorías individuales. El «Espíritu» es así lugar del sujeto único. Emerson, el filósofo trascendentalista norteamericano y educador, tan querido por Borges, dice que «un solo caballero omnisciente» es origen de todas las obras. Pero ese único gentleman no es un individuo sino un sujeto trans-individual, el que también puede imaginarse como fuente de todos los poema del pasado, presente y futuro, tal como afirma Shelley en su ensayo, de 1821, Defensa de la poesía, que Borges recuerda.
6. Los objetos duplicados

Los objetos se pierden en Tlön. Alguien pierde un lápiz, luego lo encuentra. Cada quien busca un objeto perdido y al recuperarlo se duplica, pero también se modifica y se ajusta más a las expectativas de un individuo. Estos objetos, los hrönirs, son entonces lo hallado en un lugar según una preparación o expectativa por parte de los individuos. A unos presos se les anuncia unos posibles objetos sepultados en «el antiguo lecho de un río». En los intentos por distintos grupos no se encuentra nada de interés. Pero los descubrimientos más interesantes son los producidos por buscadores que no estaban condicionados por ninguna imagen previa. Así los discípulos de un colegio «exhumaron -o produjeron- una máscara de oro, una espada arcaica, dos o tres ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una inscripción en el pecho que no se ha logrado aún descifrar». Cuanto mayor improvisación y menor predisposición, mejores resultados.
En Tlön, los hrönirs acontecen en el trasfondo de una construcción de mundo siempre mental, que no concibe la estabilidad de las cosas en el espacio. Imposibilidad de lo idéntico, en claro contraste con la identidad aristotélica clásica, de lo siempre igual a sí mismo, un centro de gravedad en nuestra cultura. Entonces, en Tlön nada podría, en un sentido estricto, «perderse» y luego «encontrarse». Si un objeto «se pierde» luego, al ser «encontrado», genera un simulacro, un objeto secundario o derivado algo diferente de su «original». Los simulacros de los hrönirs pueden entonces modificar o inventar el pasado.
Los hrönirs así enriquecen el trabajo de los arqueólogos. Como se dijo, un hrönir modifica el pretérito. Los hrönirs derivan en otro hrönir y otro. En cada derivación de grado, los hrönirs pueden convertirse en formas uniformes o tener más pureza de líneas.
Al hrönir le sigue el ur: «la cosa producida por sugestión, el objeto educido por la esperanza. La gran máscara de oro que he mencionado es una ilustre ejemplo». Dentro del imaginario idealista de Tlön, por los hrönirs y los urs, hay lugar para la recreación desde las diferencias. Si un objeto «se pierde» luego al ser «encontrado» genera un simulacro, un objeto secundario o derivado de algo diferente de su «original». Los simulacros de los hrönirs o los urs indican no la repetición de un original, sino su duplicación o simulacro como reinvención desde la diferencia.
Las cosas en Tlön no son pensadas de una solo vez, se modifican, pierden la nitidez de sus trazos «cuando los olvida la gente». Las cosas que desaparecen para un individuo siguen existiendo en la realidad pensada por el sujeto único y eterno. Pero si algo no es pensado por los humanos o animales, esto tiende a desaparecer para ellos:
«Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vuelta a su muerte. A veces unos pájaro, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro».
7. La invasión de Tlön

En la posdata de 1947 del cuento, una carta procedente de Ouro Petro, Brasil, hallada en un libro de Herbert Ashe, resuelve el misterio de Tlön.
A principios del siglo XVI, una sociedad «secreta y benévola» se propuso inventar primero un país. Entre sus miembros estaba Dalgarno y Berkeley. La sociedad tendría mucho de cábala, de hermetismo y filantropía. La obra era tan inmensa que cada uno de los maestros redactores debía elegir un individuo para proseguir la tarea. Luego de dos siglos, la fraternidad reaparece en América. El millonario Ezra Buckley propone algo mucho mayor: un planeta, no un país. Todo debe mantenerse en secreto. Buckley financiará la continuación de la redacción colectiva a condición de que el hombre le demuestre al Dios inexistente de los cristianos que «son capaces de concebir un mundo». En 1914, los trescientos colaboradores secretos y anónimos le dan vida a los cuarenta volúmenes de la secreta y Primera Enciclopedia de Tlön. En 1942, el decurso de la enciclopedia ingresó en otra fase de su difusión. El planeta imaginado por Borges se adentra en el llamado mundo real. Primero una brújula con las letras de Tlön fue enviada a la princesa de Faucigny Lucinge, en la calle Laprida (17); la segunda intromisión del planeta imaginario en nuestra realidad corriente acontece en la pulpería de Cuchilla Negra, Uruguay. Allí, alguien toca una guitarra, luego muere, y «se le había caído del tirador unas cuantas monedas y un cono de metal reluciente del diámetro de un dado». Un objeto que acaso era «la imagen de la divinidad, en ciertas religiones de Tlön». En 1944, en Nashville, Tennessee, en una biblioteca se encontró los 49 volúmenes de la primera enciclopedia de Tlön. La prensa pregonó vivamente el hallazgo. Las copias de la extraordinaria enciclopedia se multiplicaron.
Tlön comienza la invasión de nuestro pálido existir. Seduce lo ordenado de su mundo. Pero nuestra realidad también puede rezumar su propio y nítido orden. Y quizá sea así «pero de acuerdo a leyes divinas-traduzco: a leyes inhumanas- que no acaban nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres y, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres».
Tlön penetra en las escuelas y modifica los saberes. Una dinastía de solitarios está cambiando el mundo. En el futuro acaso se descubran más tomos de una segunda enciclopedia de la sociedad secreta. Las lenguas del planeta imaginario reemplazarán a las conocidas, al inglés, el francés,» el mero español». Y todo «el mundo será Tlön».
8. Conclusiones: Tlön y la realidad recuperada

El cuento de Borges, fechado en 1940, en el Salto Oriental, evidencia con rotunda claridad una estrategia para renovar la literatura fantástica mediante su asociación con la filosofía idealista. La ficción borgeana es así ejemplo de una literatura sostenida en una fantasía filosófica, que arrebata al idealismo filosófico del regazo de los filósofos y del estudio académico y lo destina a una simbiosis con la imaginación. La dinámica de este imaginar incluye el juego de invención de otro mundo. Esta inventiva también regenera lo utópico, el concebir otros modos de existencia. Y de hecho, la inspiración original de la ficción borgeana proviene, como se vio, de la Utopía de Tomas Moro, o Brave New world, la novela de Aldous Huxley. Tlön y la fantasía filosófica y la invención de otro mundo. Aquí participan también los espejos y sus reflejos que invierten las cosas. Tlön nace en el punto de encuentro de los espejos y una enciclopedia. Y Tlön es lo invertido u opuesto del mundo entendido como independiente de la mente. Porque en el planeta inaginado por Borges impera el idealismo filosófico: lo que parece que son las cosas es un construcción mental. El idealismo y la primacía de la mente como parte de la estrategia de refundación de la literatura fantástica, a lo que habría que añadir la mística como otra arista de este proceso (18).
Tlön lleva a pensar a los objetos como inestables. Y el tiempo es un eterno presente; pasado o futuro solo son modos de lo temporal inherentes a nuestro modo de percepción. Es ilusión que las cosas perduren en el pasado, el presente y el futuro, porque solo es «el tiempo presente». Y esto también afecta al «yo». Creemos que el yo perdura entre su pasado ya vivido, su presente y su futuro a vivir, pero esa dimensión del yo es imaginaria. Solo tenemos la impresión de un yo en el instante presente. Esto, en Occidente, ya lo habían advertido Hume, Nietzsche, o Harry en el Loco estepario de Herman Hesse. Y, desde su juventud, Borges se aferró a la ilusión de la estable identidad del yo a través de su aceptación del budismo y su categórica de negación del yo (19).
Bajo el ineludible encierro en «nuestro» tiempo sucesivo, como en Heráclito, todo deviene y muta, nada permanece ni es idéntico así mismo, solo es en la mente y su poder de asociación de ideas. Y en Tlön no rige el principio de identidad, ni el de causa y efecto. Las ciencias no son posibles, y las filosofías solo son «un como si». El conocimiento es ficcional, es supuesto o hipótesis de cómo serían las cosas. En Tlön se sabe que la realidad no puede ser conocida. Lo mejor es el asombro, la sorpresa, la perplejidad.
En la ficción borgeana que consideramos, lo real es ilusorio o irreal solo cuando nuestro saber de las leyes se lo confunde con la realidad misma. La realidad misma, en su misteriosa desnudez, siempre es incognoscible. A la manera kantiana, la realidad de la «cosa en sí» está fuera de nuestro alcance.
El asombro es la experiencia que libera del deseo de verdad. La fantasía filosófica borgeana exalta la actitud asombrada ante la realidad que no puede ser conocida. Una realidad mayor quizá responde a leyes divinas. Pero si esto es así ese «orden supremo» es inhumano; otra forma de subrayar que la realidad en sí misma, subyacente y profunda, está fuera de lo que el humano puede entender. Lo que sea la realidad es ajena a nuestra comprensión.
La realidad recuperada en Tlön es lo real como lo incognoscible y, por tanto, es también lo inexpresable por el lenguaje. Los lenguajes en el planeta del idealismo fantástico borgeano recuerda lo imposible de todo lenguaje adánico fundado en la pretensión de correspondencia entre lo que es y lo enunciado.
Aquí Borges sigue la estela en el mar que traza el velero que se mueve por el viento que, en la filosofía y el arte del siglo XX, y también en la mística ancestral, asegura que el lenguaje nunca puede decir lo que sea la realidad esencial de la vida. En esta postura se acomoda la teología negativa en su manifestación medieval (20), o «aquello de lo que mejor es no hablar» en Wittgenstein; o lo «continuo» en Bataille; lo dioníasico abismal en Nietzsche; lo incomunicable del estar ahí de las cosas en la Carta de Lord Chandos de Hugo von Hofmannsthal; o la dimensión de lo inefable que George Steiner estudia en Lenguaje y silencio.
Por otro lado, la enciclopedia de la sociedad secreta de los redactores anónimos que imagina a Tlön ha sido vinculada con la prefiguración en Borges de la contemporánea enciclopedia online Wikipedia, también redactada por colaboradores que mantienen su anonimato.
Y la enciclopedia en Tlön no es solo un esfuerzo colosal de ordenamiento e invención. Es algo más. Es la mística anónima de una sociedad secreta de colaboradores animada por el deseo de ennoblecer al ser humano mediante la creación primero de un nuevo país, y luego de un nuevo planeta. La enciclopedia borgiana aquí es superación de sus modelos bien conocidos como su amada enciclopedia británica. La enciclopedia de Tlön es la épica de un planeta imaginario que renueva la literatura fantástica y que, por el asombro, recupera la olvida realidad incognoscible. Otro modo de ser que, al final, el escritor anhela que invada y transforme nuestra opaca existencia.
Citas
(1) J. L. Borges, Autobiografía, El Ateneo, p 243.
(2) J. L. Borges, La estatua casera, libro de Adolfo Bioy Casares, en Sur, Buenos Aires, Año VI, N° 18, marzo de 1936
(3) El gnosticismo alude a un sistema de creencias religiosas que nació en el siglo I d. C, y que se propagó por el Oriente Próximo y el Mediterráneo. Los gnósticos creían en un conocimiento trascendental (gnosis) de la divinidad mediante la intuición y la revelación. Un estado que libera al espíritu del encierro en la materia. El gnosticismo ansiaba una experiencia directa y personal de la divinidad. Lo gnóstico abriga un dualismo, dado que separa el mundo espiritual y material; éste último es visto como creación imperfecta y engañosa de un dios subalterno, el más bajo en la dinastía de los dioses, el dios Jehová del Antiguo Testamento. De ahí su rechazo a la interpretación tradicional de las escrituras y su repudio de la autoridad. Hubo un cristianismo gnóstico que se estimó como la correcta apreciación de Jesús, no como hijo del Dios Padre sino como mensajero del Dios lejano. En el ensayo de Borges, la «Vindicación del Falso Basílides», en Discusión, un heresiarca gnóstico difunde su cosmología de un Dios lejano que emana de sí la luz que abre mundos descendentes, desde arriba hacia bajo; el último mundo, el nuestro, apenas participa de la luminosidad del ser. Por eso en «El tintorero enmascarado Hákim de Merv», en la Historia universal de la infamia, Borges afirma: «la tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y afirman. El asco es la virtud fundamental». En la condición pauperizada de este mundo los reflejos de la presencia divina casi se desvanecen. Por eso lo abominable de los espejos multiplica nuestra realidad como error e ilusión.
(4) Justus Perthes fue un editor alemán. En 1785, editó el primer Almanaque de Gotha, compilación anual de las casas reinantes europeas, y las diferentes ramas de la alta nobleza, publicado en alemán y francés. También realizó muchas publicaciones geográficas.
(5) Carl Ritter (1779 -1859), naturalista y geógrafo alemán, que subrayó la importancia de la relación entre el medio físico y la vida social y los procesos históricos. Junto con el gran Alexander von Humboldt, fue fundador de la geografía moderna. La obra maestra de Carl Ritter, en19 volúmenes, es la Die Erdkunde im Verhältnis zur Natur und Geschichte des Menschen (Las ciencias de la Tierra en relación a la Naturaleza e Historia de la Humanidad), escrita en 1817-1859. Ritter afirmó que «la estructura física de cada uno es un elemento decisivo en el progreso histórico de cada nación». También manifestó que «la geografía es un tipo de fisiología y de anatomía comparativa de la Tierra: ríos, montañas, glaciares, etc., son distintos órganos cada uno de los cuales posee sus propias funciones, y, como este marco físico es la base del hombre, determinándolo durante toda su vida, así la estructura física de cada país es un elemento decisivo en el progreso histórico de cada nación.»
(6) Esmerdis el Mago, o el impostor Esmerdis el mago, aparece en la Historia de Heródoto. Aquí se mencionan dos personajes con este nombre. Por un lado el príncipe persa hermano del rey Cambises, hecho asesinar por éste; y el segundo es un mago homónimo que se hace pasar por el príncipe asesinado para usurpar el trono en ausencia del rey.
(7) Sir James Frazer, J. (1974). La rama dorada, México, 1974, Fondo de Cultural Económica.
(8) J. L. Borges, «El espejo», en Historia de la noche (1977).
(9) J. L. Borges, Poema «Los espejos», en La rosa profunda, 1975.
(10) Jaime Alazraki, Versiones, Inversiones, Reversiones-El espejo como modelo estructural del relato en los cuentos de Borges, Campo Abierto, Gredos, Madrid, 1977.
(11) «La insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la imaginación y del bien. A medida que los hombres interrogados han conocido más de cerca a Almotásim, su porción divina es mayor, pero se entiende que son meros espejos», en J. L. Borges, «El acercamiento a Almoltásim», en Historia de la eternidad. Almotásim o la divinidad sólo puede ser fragmentariamente reconstruido siguiendo el rastro o reflejos que ha dejado en los hombres. Dios actúa así como un Gran Espejo que se refleja en los individuos.
(12) En su ensayo «El idioma analítico de John Wilkins», en El hacedor, Borges recupera el proyecto de John Wilkins de crear un lenguaje universal que lo abarque todo, de modo que las palabras expresen la íntegra estructura del mundo. John Wilkins (1614 -1672) fue un clérigo anglicano inglés, filósofo natural y uno de los fundadores de la Royal Society, y autor de Ensayo sobre un personaje real y un lenguaje filosófico (1668), en el que propone su idea de un nuevo lenguaje universal con la intención de facilitar la comunicación entre académicos, diplomáticos, viajeros y comerciantes separados por sus diversas lenguas. Para su invención lingüística, Wilkins clasifica el universo en géneros, diferencias y especies. Borges destaca lo ingenuo e irrealizable del proyecto. Y en este contexto postula una ficticia enciclopedia china que, en el final de su análisis, suscribe la imposible adecuación entre lenguaje y realidad.
(14) El pansiquismo es la teoría que afirma que todo el universo, no solo el ser humano, posee una mente o una forma de conciencia. Etimológicamente, el termino «pan» significa «todo» en griego, y «psyche» significa «mente» o «alma». El panpsiquismo es distinto del animismo, porque no le atribuye una vida interior a los objetos. Se diferencia también del dualismo, ya que niega la separación entre la mente y la materia. Para el panpsiquismo entonces la conciencia es ubicua, omnipresente, no es una propiedad emergente de la materia compleja. Macedonio Fernández (1874-1952) fue una gran amistad e influencia en J. L. Borges. En la obra de Macedonio, aunque no esté formulada con evidencia sistemática, se avala la idea del pansiquismo de que la consciencia o la psique está presente en todo el universo, no solo en seres humanos. Este es el caso, por ejemplo, de su ensayo No todo es vigilia la de los ojos abiertos, publicado originalmente en 1928 por Manuel Gleizer Editor.
(15) «La forma de la aparición de la voluntad (en Schopenhauer) es solo el presente no el pasado ni el porvenir, estos no existen más que para el concepto y por el encadenamiento de la conciencia sometida al principio de razón. Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro: el presente es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle… El tiempo es como un círculo que gira infinitamente; el arco que desciende es el pasado el que asciende es el porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la tangente y es el ahora. Inmóvil la tangente, ese inextenso punto marca el contacto del objeto, cuya forma es el tiempo, con el sujeto, que carece de forma, porque no pertenece a lo conocible y es previa condición de conocimiento», en J. L. Borges, Prosa completa, Tomo 3, Bruguera, 1985, p. 196.
(16) J. L. Borges, «La flor de Coleridge», en Otras inquisiciones, 1952. En este ensayo Borges propone: «Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si despertara y encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?». Una sospecha respecto a que la realidad no sería lineal como habitualmente pensamos.
(17) Es sugerente que el primer lugar de introducción de Tlön en nuestro mundo acontezca en la Ciudad de Buenos Aires, y en la calle Laprida. Lo que seguramente estimuló la imaginación de Borges aquí es que en la calle Laprida 1212, de la mencionada ciudad, vivía Xul Solar, pintor, astrólogo, visionario de otros mundos, su gran amigo, mencionado en el texto en relación a su creación de lenguajes. En la calle Laprida Borges se reunía con Xul para leer a Blake o Swedenborg. Un sitio propicio para actuar como una suerte de portal o puente de comunicación entre nuestro mundo y el otro mundo del misterioso planeta.
(18) La mística también es altamente relevante como estrategia renovadora de la literatura fantástica. La mística es la experiencia de unidad entre el alma y Dios; aunque este estado no sea real para Borges, se enciende con plena brillantez literaria en sus cuentos «El Aleph», «La escritura del Dios», «El Zahir», «El acercamiento a Almotásim, y también en el breve ensayo «De alguien a nadie».
(19) En el budismo la doctrina Anatta afirma que no existe una sustancia subyacente permanente que pueda llamarse alma humana individual o yo. El concepto de anatta, o anatman, se distancia de la creencia hindú en el atman («el yo»). La ausencia de un yo, anicca (la impermanencia de todo ser), y Dukka («sufrimiento») son características de toda existencia (ti-lakkhana).
(20) Ver «De alguien a nadie», breve ensayo en Otras inquisiciones. Aquí, Borges contrapone la «teología afirmativa», como en Santo Tomás, y la «teología negativa» en el teólogo irlandés Scoto Erígena. El primer tipo de teología supone que se puede hablar de Dios, hacer afirmaciones sobre su esencia y verdad; la segunda, la «negativa», «apofántica» o mística, asegura que nada se puede atribuir a Dios por el lenguaje, ni siquiera decir que es el «supremo ser», porque eso es reducir lo supremo, infinito, absoluto, al concepto finito de «supremo ser» que pertenece solo a nuestro lenguaje.
Bibliografía
-Jorge Luis Borges, Autobiografía, Borges, El Ateneo.
-«Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», en volumen I, Obras completas, Emecé.
-Reseña sobre La estatua casera, libro de Adolfo Bioy Casares.
-«Vindicación del Falso Basílides», en Discusión.
– «El tintorero enmascarado Hákim de Merv», en la Historia universal de la infamia (1935).
– «El espejo», en Historia de la noche (1977).
-Poema «Los espejos», en La rosa profunda, 1975.
-«La flor de Coleridge», en Otras inquisiciones, 1952.
– «De alguien a nadie», en Otras inquisiciones.
George Steiner en After babel, y Lenguaje y silencio.
Sir James Frazer, J. (1974). La rama dorada, F.C.E.
Jaime Alazraki, Versiones, Inversiones, Reversiones-El espejo como modelo estructural del relato en los cuentos de Borges, Campo Abierto, Gredos, Madrid, 1977.
Hugo von Hofmannsthal. Carta de Lord Chandos, 1902.


¡Gran análisis! Como dato de color: el golpe de cabeza de Borges en 1938 es lo que inspiró también el comienzo de «El Sur», uno de sus mejores cuentos.
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Hola Fancisco! Gracias. Así es. Que siga el entusiasmo por Borges, la literatura, el pensamiento, muchos saludos!
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