Tiempo de gitanos, y un ejemplo de la mirada mítica gitana en el cine de Kusturica

Por Esteban Ierardo

Tiempos de gitanos (1988), de Emir Kusturica, la imaginación desde la mirada gitana, que complementa con Gato negro, gato blanco (1999)

 El cine es el ojo que ve muchos mundos y otras culturas. Es el caso de Tiempo de gitanos (1988), del director serbio Emir Kusturica, el especial film que queremos recordar aquí, en el que la vida, bajo la experiencia gitana, se convierte en magia y rito, poesía y salida de lo encerrado, a través de la relación distinta con lo animal, la levitación, el agua y el fuego.

La obra de Kusturica emerge en la Yugoslavia posterior a Tito, en la Europa del derrumbe del Muro de Berlín, en el mundo de la Guerra Fría agonizante. Pero el título de la obra lo explicita con nitidez: la narración fílmica no se asocia aquí con la historia de la ex-Yugoslavia, sino con otro tiempo. Un tiempo de gitanos. Los gitanos: un pueblo singular de hábitos nómades. Aunque el gitano se arraigue en apariencia en algún lugar, mantiene su identidad foránea. Allí empieza a destellar el contenido del existir gitano como tiempo otro, fuera de nuestra cultura.  

Lo animal, desde otra mirada

Perhan con su pavo en estado de levitación

 Una manifestación del tiempo otro gitano en la película de Kusturica es la presencia de lo animal.

La relación con lo animal en el film es acceso a otra realidad, libre de lo pesado. El animal como parte de un camino de transformación mágica del cuerpo y la conciencia. Algo cercano a la dimensión simbólica de las culturas míticas ancestrales, y totalmente opuesto a la noción de lo animal en la cultura moderna de Descartes y la Ilustración.

En términos generales, la relación del hombre con el mundo animal pareciera ser un dato poco significativo para nuestra autocomprensión como seres humanos y para la comprensión de cómo una cultura se manifiesta en la historia. Somos deudores de percepciones del mundo que tomamos por naturales pero que, ineludiblemente, son una creación histórica y cultural. Nuestro vínculo con el mundo animal es un ejemplo. Cuando suponemos que el animal es devenir mecánico e instintivo; cuando suponemos que en el animal no hay lugar para la conciencia sino simplemente para la repetición de un mecanicismo corporal, fisiológico, heredado, somos deudores de una idea moderna, ilustrada, del mundo animal. Según esta idea, lo animal es sólo materialización del mundo-máquina; lo animal encarna una legalidad sin pensamiento ni espíritu, puro mecanismo de causa y efecto. Descartes imaginó a la naturaleza como una gran máquina, y supuso que el animal es paradigma del autómata, el principal exponente del universo-mecanismo. 

  Ahora bien la cuestión es: ¿para todas las culturas el animal es instinto mecánico y, por tanto, desprovisto de autoconciencia? En modo alguno: para las llamadas sociedades tradicionales lo animal es  símbolo privilegiado de lo sagrado. En Tiempo de gitanos, el joven Perhan, el personaje central, sostiene una suerte de amistad con un pavo. Mediante este lazo, Perhan instituye a lo animal como portador de un simbolismo espiritual, continuador de la significación arcaica de la animalidad.

En la cultura egipcia, por ejemplo, el animal se hallaba más cerca de los dioses que el hombre. Para entender esta creencia quizá debiéramos meditar en las drásticas oposiciones que pueden existir en la interpretación de un mismo conjunto de datos empíricos por parte de distintas culturas. Por la vía empírica, vemos al animal. Y vemos que es un ser que repite costumbres, un ser que parecería despojado de individualidad, dado que es incapaz de modificar los hábitos heredados de su especie. Es entonces cuando en nuestro entramado cultural, suponemos que el animal corporiza el lugar de lo automático y mecánico. Pero frente a estos mismos datos empíricos, la cultura egipcia reacciona desde una interpretación totalmente otra. Si el animal siempre repite un modelo heredado es porque palpita fuera del tiempo, porque respira en lo atemporal; y la atemporalidad, la eternidad, evoca el modo de existencia de los dioses. Por el contrario, el hombre vive enmarañado en la red temporal; su aliento vital es constantemente erosionado por el tiempo que sopla como viento que deshilacha nuestra integridad y esculpe nuestro camino hacia la muerte.

 En Tiempo de gitanos, el animal con su impronta arcaica se introduce en el tiempo occidental en el momento en el que Perhan se entrega a su juego aparentemente inofensivo con su pavo. Y Perhan es un muchacho sensible y particular. Posee poderes telekinéticos. En ocasiones, es capaz de desplazar objetos mediante la decisión de su pensamiento. Vive con su abuela, una rechoncha y encantadora gitana, y su hermana Danira y su trastornado tío Merdzan. La abuela le obsequia a Perhan el pavo. Es la continuidad de lo antiguo, la vieja gitana, la que entrega el animal a lo nuevo, al joven. 

  Perhan «juega» con el pavo. Intenta hipnotizarlo mientras repite, sin descanso, la expresión: «Alabado pájaro del sol «. La repetición sonora, a la manera de un mantra. Entonces Perhan extiende sus brazos como si fueran alas. El pavo repite aquella acción. Integración entre lo humano y lo animal. Lo opuesto a nuestra experiencia habitual, donde nos consideramos lo distinto y separado del animal y de la naturaleza.

  Luego, Perhan duerme abrazando a su pavo. Entonces, acontece el quiebre mágico de la unicidad del tiempo y el espacio occidental normales. Perhan asciende, levita. Aéreo, leve, se aleja de su cama. Lo animal se convierte, a la manera chamánica, en «espíritu auxiliar», ser aliado que conduce a lo humano a otro nivel de lo real, distinto y mágico. Y siempre aferrado a su animal aliado, Perhan vuela hasta un río donde el pueblo gitano celebra un ritual. Una ceremonia sagrada de purificación a través del agua y el fuego…

Más allá de la casa cerrada y el origen del mundo

La casa de Perhan y su abuela en lo alto

  Para este trasladarse de la quietud y postración en su camastro hacia el río, Perhan debió romper el cofre de la casa, la casa como ámbito cerrado. Como veremos, en Tiempo de Gitanos ocurren otras formas de ruptura del encierro de la casa moderna, la casa del hombre sedentario y occidental. 

 Para regresar a lo primario del agua y el fuego, Perhan debe trascender la casa de techo bajo; debe moverse en la anchura y altura del cielo. Su transformación en hombre-pájaro implica la adquisición de la condición alada. Al aferrarse a su pavo, Perhan muta su cuerpo; sus brazos ya no son tenazas que contienen, sino alas que propagan la propia anatomía. Así, el humano, antes solo habitante de la casa cerrada, se convierte en ser que asciende, como pájaro, y a la vez, desciende, como topo, al tiempo de gitanos, a un tiempo ancestral del rito y la iniciación por el que el hombre vuelve al agua y al fuego, para renovarse y para restaurar su pacto con los ancestros, y el encuentro con los dioses.

Lo primero es el agua, el río que recién mencionamos, la corriente líquida como manantial de purificación. En muchas culturas, los ríos son sacralizados porque el regreso al agua es retorno al origen, a la nueva vida, a la regeneración. A partir del mágico desplazamiento de Perhan al río, se expresa la vida simbólica del agua en el film. 

 Perhan vive junto con su abuela, su tío y su hermana. Cuando el tío de Perhan, Merdzan, le reclama a la abuela un dinero que él cree que le corresponde, afuera, en las alturas estalla una tormenta. Entonces, el tío enfurecido, mediante cuerdas y un camión, se las arregla para levantar la casa. La casa, antes lo que da cobijo pero también encierra, ahora se balancea en lo alto.

Y las ráfagas de la tempestad y las gotas del agua libre, salvaje, empapan y humedecen a la abuela y sus nietos, y todas sus pertenencias. Entonces, la abuela gitana  comienza a recordar un relato del origen:

      Érase una vez cuando el cielo y la tierra estaban unidos; eran marido y mujer. Y tuvieron cinco hijos: el sol, la Luna, el fuego, la nube y el agua. Entre ellos, crearon un lindo lugar para sus hijos. Entonces, el díscolo sol trató de separar la tierra del cielo. Pero falló. Y un día, el viento arremetió y separó el cielo de la tierra.

   En el comienzo, el cielo y la tierra estaban unidos. Su unidad representaba una típica forma del pensamiento arcaico, lo que se conoce como la hierogamia, el matrimonio sagrado. ¿Y cómo fue que el mundo surgió? El mundo surgió porque el viento, el aire, el pneuma, el espíritu, separó el cielo y la tierra. El viento, enérgico como la tormenta, separa lo celeste y lo terrestre para que dejen de estar confundidos, para que el mundo devenga orden y, por tanto, sea.

 Cuando la abuela recuerda el relato del origen, lo hace entre los rumores del agua, el agua vertical, el agua furiosa de la tormenta. Presencia de lo líquido que, como dijimos, es purificación, renovación. 

El rito de la purificación, el agua y el fuego

Rito en el río

    Y en el río donde llega Perhan con su pavo, se celebra un ritual purificador. Sobre las aguas, relumbran muchas hogueras. Las llamaradas. El fuego. Tendemos a creer que ambos elementos están separados, que lo líquido es enemigo de la llama porque puede apagarla. Pero el agua y el fuego son aliados. Por ejemplo, para la mitología hindú, el mundo se destruirá al reducirse a fuego y cenizas. El tiempo verdadero es un tiempo circular. Todo ha surgido en un momento y todo en algún momento será destruido. Así creen los hindúes que nuestra época, nuestro mundo, está en la última etapa, lo que se conoce como kali-yuga. Y cuando termine lo que se conoce como el gran círculo del tiempo de este mundo, el año de Bhrama, el mundo se aniquilará mediante la frenética danza del Dios Shiva. Una danza que exhala bocanadas de un fuego destructor. El fuego destruye pero para que todas las cosas vuelvan a tener el carácter amorfo del agua; y es desde el agua donde un nuevo universo será creado. Solidaridad de lo líquido y la llama. Y el fuego y el agua coexisten en el río del tiempo otro, del rito gitano, porque, secretamente, agua y fuego son aliados en la regeneración simbólica y mítica de la existencia. 

  Tenemos entonces hasta ahora dos formas de la emergencia del otro tiempo o experiencia cultural en el film de Kusturica: la relación hombre-animal (Perhan-pavo), y  la relación del hombre con los elementos naturales, con el agua horizontal (del río); con el agua vertical (de la tormenta); y con el fuego que destruye, pero para después permitir la regeneración. 

La esfera roja, o cómo una gitana «abre» un templo cristiano

La abuela con su esfera roja ante la Catedral de Milán

 En una fundamental escena de la película, la abuela de Perhan camina frente al Duomo, la catedral de Milán. Canturrea. En una de sus manos sostiene una esfera roja; una bobina de hilo rojo en verdad. Al mismo tiempo, Perhan, ya iniciado en la mafia gitana por un oscuro personaje, parece imaginar aquella escena, en la noche, semidormido, dentro de un ómnibus abandonado. Mientras imagina, mueve un objeto que semeja un espantapájaros de metal. La acción de la mente sobre la materia configura una experiencia de apertura. Mediante la telekinesis, Perhan «abre» los objetos al movimiento del espíritu. Y su abuela también consuma un movimiento de apertura típico de una sensibilidad mítica. Perhan «abre» el objeto clausurado, y su abuela «abrirá» el templo, el templo cristiano… 

   En su origen, el templo cristiano es continuación de los edificios sacros anteriores a la propia cultura cristiana. El templo como tal, surge en el contexto de la arquitectura sagrada. En el antiguo Sumer, en ciudades como Ur, Nippur, Lagash, surgió una figura arquitectónica que era el zigurat,  una forma de templo con pasillos escalonados. Su sentido era ser altar, lugar de encuentro entre los hombres y los dioses. El zigurat como arquitectura que busca que el hombre se trascienda y salga de sí mismo, y se abra o trascienda en un lugar de comunicación con lo celestial y divino.

En el mundo medieval, la catedral de Milán representaba ese espíritu. Es decir: la catedral de Milán sólo empíricamente es una estructura cerrada. A partir de la luz solar que desciende por los vitrales, a partir de las cúpulas ojivales, el creyente al entrar al templo abandonaba el tiempo profano, y se adentraba en una temporalidad sagrada, y alzaba su vista hacia el cielo, hacia la cúpula, hacia la luz solar, hacia la verdad espiritual. En el universo medieval, la catedral de Milán tenía ese espíritu.

Pero no ahora.

La cultura occidental ha perdido la capacidad de trascendencia, de vincularse con algo distinto del hombre y la repetición de sus propias creencias. Por lo tanto lo que tendría que ser forma de la trascendencia, el templo cristiano de Milán, es lo contrario, otro símbolo de la cultura enclaustrada, lo finito que se regodea en su propia limitación. Sin trascendencia ni apertura.

  Pero la abuela de Perham «abre» el templo… En su mano porta una esfera roja que remite a dos formas de propagación del hombre al todo: el hilo y la sangre. Atendamos primero a la sangre. En un momento de la obra, la vieja gitana fue llamada por el mafioso gitano (que luego «instruye» a Perhan») para que curara a su hijo enfermo. Mediante adecuados masajes y manipulaciones sobre el cuerpo del niño consigue su propósito. Entonces se le pregunta sobre el modo como curó, sobre el origen de su poder para la curación. La abuela gitana, afirma entonces: «La sangre es el secreto. La fuerza está en la sangre». La sangre es aquí signo de la vida que idealmente fluye por cada poro del cuerpo del universo. Quien no reciba ese caudal sanguíneo y salutífero, es cuerpo enfermo, vida débil. Volver al rojo, a la sangre, es regresar a la vida  sana y plena.

   La abuela gitana sabe el secreto de la sangre de la vida roja. Y rojos son los hilos de la esfera que ella sostiene mientras canturrea y camina frente al Duomo. Los hilos recuerdan al tejido, y el tejido nos conduce a las viejas Diosas Hilanderas, aquellas que, lo mismo que la Luna, gobiernan el tiempo, el devenir de la vida universal. Desplegar los hilos es apertura a la universalidad de la vida, a todos los tejidos del mundo.

   Los hilos y la sangre son así apertura a la universalidad y totalidad. Son los medios rítmicos y mágicos mediante los cuales la abuela gitana, encarnación de lo femenino mítico, «abre» el templo cristiano cerrado, su arquitectura escindida del ritmo universal.

  Y esto ocurre en una decisiva escena donde, dentro de la casa de la abuela, aparece una maqueta del templo milanés. Una mujer desenrolla los hilos rojos de la esfera. Y los enrolla luego en la maqueta del templo. El templo vuelve así a integrarse en el tejido universal, por donde circula la sangre de la fuerza vital, la sangre, lo rojo, que cura, realiza. Y luego irrumpe el fuego que quema, deshace, reduce a cenizas las formas cerradas.   

La levitación

La esposa de Perhan en levitación

  Otra dimensión de otras creencias, propias de otra cultura que irrumpe en Tiempos de Gitanos, es la levitación. Dentro del mundo mítico todo lo aéreo y etérico tiene el poder de unir la realidad en principio quieta y pesada con la realidad sobrenatural, ligera y divina. En la película, una de las manifestaciones esenciales de la levitación se produce cuando la esposa de Perhan da a luz. Lo hace junto a una vía férrea. Mientras pare, la mujer se hace sagrada. Y el cuerpo femenino flota, vulnera la gravedad, la ley terrestre que atrae hacia lo plano del suelo. La mujer practica luego la ley celeste: el poder de volar. Y tras su muerte, las prendas de la mujer de Perhan flotan también ligeras, gráciles, veloces.

La levitación del cuerpo y de la prenda que lo viste ocurre ante la mirada gitana. Un ver donde no germinan la duda o el escepticismo. Frente a las levitaciones, el ojo gitano no alucina, sino que presencia y testimonia la realidad de lo sobrenatural. Así, la magia de las cosas leves que vuelan pierden su anormalidad y extrañeza. Se convierten en lo familiar y próximo. Es un mundo de impregnaciones, en el que lo profano y cotidiano en el humano se confunde con lo sobrenatural y extraño. Lo cotiano y lo mágico siempre se unen, lo contrario de nuestra cultura desacralizada.

Cerca del tiempo gitano

 Sobre el final de la obra, Perhan muere asesinado tras vengarse del mafioso que lo inicia en las lides del delito. Si suponemos que el desenlace se consuma al concluir el film, la imagen de esta muerte ocupa el centro de este desenlace. Pero, quizá, en la obra de Kusturica, triunfa otro morir y otra manera del desenlace. La muerte que acontece en el film, es la de la opaco sin rareza. El vigor imaginativo y simbólico de Tiempo de gitanos es des-enlace de la anemia de los colores cotidianos. Frente al color exangüe, el fresco colorido de escenas y situaciones extrañas y fantásticas.

   Des-enlazamiento de la debilidad de los colores de la existencia por el colorido, y lo mágico y ritual, de ese otro tiempo gitano, más cerca de la vida que no tolera el encierro.  

VERSiÓN COMPLETA TIEMPO DE GITANOS DE EMIR KUSTURIKA, con subtítulos en español:

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