Aberdeen: entre la masonería y los highlanders

Textos Esteban Ierardo; fotos Laura Navarro y EI, incluye galería

Atardecer en Aberdeen

Aberdeen es una fascinante ciudad en el norte de Escocia, a poco más de cien kilómetros de Edimburgo. En ella, conviven los orígenes de la masonería y del regimiento de los highlanders, junto con Seaton Park y la antigua Universidad de Aberdeen , uno de los centros de la Ilustración escocesa, no muy lejos del Castillo de Dunnotar.

Desde Edimburgo llegamos por tren hasta Aberdeen, una ciudad que nos depararía muchas sorpresas. Solo teníamos clara la relación histórica del lugar con la masonería y el hecho de que San Martín se había alojado en un hotel de Aberdeen cuando viajó hacia Banff para encontrarse con su amigo masón, Lord Duff.

Al salir de la estación, ingresamos a la entrada de un inmenso centro comercial. En Europa, el eco persistente de la matanza de las grandes guerras mundiales continúa como una espina siempre clavada en la piel de una historia de muerte. En una placa de bronce se suceden los nombres de numerosos soldados de la ciudad que terminaron su paso por este mundo hostil en la Primera Guerra Mundial. La zona de negocios que recorremos nos instala la sospecha de que aquí hay más fervor comercial y poder adquisitivo que en Edimburgo; esto rápido lo asociamos con el contiguo puerto, en el que barcos de cierto calado anuncian no solo una posible riqueza por la pesca, sino también, y más importante, por la extracción de petróleo que fue descubierto en esta zona del Mar del Norte, lo que convirtió a Aberdeen en la Capital Petrolera de Europa.

Sabemos a dónde debemos ir. De a poco se nos presenta un imponente monumento junto a una larga calle, en la plaza Castlegate. Sorprendidos, reconocemos a un highlander, un soldado del célebre regimiento de origen escocés, importante fuerza combativa en el ejército británico en el siglo XIX. El soldado de metal sostiene erguido su rifle, se apoya sobre una roca y ve los alrededores con gesto seguro de sí mismo. En la calle que empezamos a transitar, y en otras que la cruzan perpendicularmente, reconocemos la típica estampa arquitectónica del lugar, compuesta con materiales firmes de piedra granítica. Por eso se la llama la Ciudad de Granito, construida con un granito gris extraído de la célebre cantera de Rubislaw. Bajo la lluvia, los minerales de mica que también componen la firmeza rocosa resplandecen, y entonces se justifica su otro apodo de Silver City (Ciudad de Plata).

La imagen muestra el Monumento a los Gordon Highlanders (Gordon Highlanders Monument), una escultura de bronce ubicada en la plaza Castlegate, en Aberdeen. Fue inaugurado el 15 de octubre de 2011 por el Príncipe Carlos (Duque de Rothesay), entonces Coronel en Jefe del regimiento; obra creada del artista británico Mark Richards. Castlegate es el sitio donde se encontraban los antiguos cuarteles del regimiento en el siglo XVIII.
Calle que muestra la típica apariencia arquitectónica de Aberdeen.

La ciudad surge de la unión de dos burgos previamente separados: Old Aberdeen, el asentamiento eclesiástico y universitario a orillas del río Don, y New Aberdeen, el poblado comercial y pesquero junto al río Dee. La fusión se consumó en el siglo XIX.

Nos alojamos en una habitación de una casa victoriana. En el atardecer, por la ventana, el ocaso pincela el cielo con una tenue tonalidad naranja en la que se recorta a contraluz una construcción que, el último día de nuestra estadía, descubrimos que era un pequeño edificio junto al Trinity Cementery.

Recorremos la ciudad. Visitamos de nuevo al highlander. Los highlanders eran, primero, los miembros de los famosos clanes de las Highlands (Tierras Altas), en lucha, a veces, con los habitantes de las Lowlands (Tierras Bajas) orientales. Un gran enfrentamiento entre clanes de ambas regiones ocurrió en la célebre Batalla de Harlaw (1411) por el dominio de las tierras. En ese cruento choque, las fuerzas de Aberdeen se impusieron a los clanes armados de los highlanders. En el devenir de la historia, el legendario regimiento de infantería de los Gordon Highlanders fue fundado en 1794, no en las Tierras Altas, sino en los cuarteles de Aberdeen (Gordon Barracks). Muchos jóvenes de Aberdeen y de cercanos pueblos pesqueros se unieron a este cuerpo, buscando escapar, en muchos casos, de una vida miserable. Winston Churchill ensalzaba al regimiento como uno de los más efectivos por su valentía, decisión y ausencia de vacilaciones durante las campañas coloniales y en las Guerras Mundiales. Pero los highlanders tuvieron un gran traspié en las invasiones de Buenos Aires, en 1806 y 1807. Una bandera del regimiento (el 71º de Highlanders) fue arrebatada por los defensores de la ciudad en el Río de la Plata y nunca se devolvió a Gran Bretaña, a pesar de los pedidos (1). Los highlanders tuvieron también una especial participación en la batalla de Waterloo, en la sangrienta victoria final sobre Napoleón en 1815; entonces, una arremetida de fervor llevó a un ataque highlander que obligó luego al avance de una famosa carga de caballería escocesa, la cual sufrió grandes bajas ante las réplicas de los lanceros montados franceses.

Imagino a los highlanders caminando por las calles cercanas cuando Aberdeen no tenía el aspecto actual. Y recorremos un cementerio cerca de nuestro lugar de alojamiento; encontramos la tumba de un soldado de la Primera Guerra Mundial, tal como también las encontramos en Capdenac, en la Provenza francesa.

El lugar de las tumbas parece parte íntima y orgánica de la propia ciudad. La contemplación de las lápidas es un silencioso arte de la evocación de una vida que en su momento, como nosotros ahora, se pensaba sólida, firme, con el deseo de creerse inmortal; no por serlo, sino por la voluntad de no recordar la decadencia y la muerte que a todos, de a poco, nos acosa. Y en esa práctica de la evocación como parte de un modo de caminar, recuerdo a James Anderson, un hijo de Aberdeen nacido en 1679. De niño pasó a joven aquí. Adquirió una primera formación religiosa y se hizo reverendo, pero luego fue el promotor fundamental de la masonería. Aun hoy, el relato masónico exhala un aura de cierto misterio, de un grupo fuertemente hermanado en actitud protectora de una tradición preñada de ritos y misterios. Los masones fueron, primero, los albañiles picapedreros constructores de los templos de la Edad Media, talladores de la piedra para convertirla en esculturas o firmes paredes y techos; trabajadores del martillo y el cincel que se reunían en logias y veneraban los secretos de su oficio, el cual relacionaban con la herencia de los constructores del Templo de Salomón en Jerusalén o de las pirámides egipcias. Los secretos eran prácticas de hermandad, ritos y códigos compartidos, y una simbólica por la que las herramientas del arte de la construcción adquirían un significado espiritual. En el siglo XVIII, la masonería mutó de la masonería operativa —vinculada solo a los reales constructores de los templos— a la masonería moderna o especulativa, abierta a todos los hombres de buena voluntad, aptitud moral y ávidos de hermandad para compartir un camino común desde la tolerancia, sin imposición de ningún dogma. Esto en aras de construir ya no un templo de sólida y firme piedra, sino uno de una nueva humanidad de seres libres, librepensadores, entregados a una evolución espiritual. El aprendiz, el compañero y el maestro masón se unían para una sociedad moderna de libertad que contrastaba con las monarquías y sus reyes absolutos, y con las iglesias que exigían sumisión a una verdad única, eterna e inmutable (2).

Imagino a un James Anderson que sigue caminando entre las calles de Aberdeen, entrando y saliendo de iglesias y cementerios, de bibliotecas y del campus universitario de la ciudad. Sigue escribiendo sus famosas Constituciones de Anderson (publicadas en Londres en 1723), tan esenciales en la creación de la masonería moderna; confirmación de la paternidad escocesa de esa masonería y de Aberdeen como una de sus matrices esenciales. En la ciudad surgió una de las logias más antiguas del mundo: la Lodge of Aberdeen No. 1ter, con registro de su actividad desde 1483. Un documento histórico fundamental es el «Libro de Marcas» de 1670 (Aberdeen Mark Book), que demuestra la transición exacta de la masonería «operativa» de los picapedreros a la «especulativa» (filosófica). En sus listas conviven, todavía en un principio y bajo la misma fraternidad, los hombres de las piedras junto a nobles, ministros de la iglesia y aristócratas. El documento se preserva en el Templo masónico de Aberdeen (Aberdeen Masonic Temple), edificio histórico de granito, inaugurado en 1910, centro de la masonería aberdoniana con registros de logias muy antiguas.

Este imponente e histórico edificio de granito, inaugurado en 1910, funciona como el centro de la masonería de la ciudad y alberga templos

Visitamos de vuelta el primer piso de Shelter Coffee, un modesto bar universitario que nos atrae en su sencillez. Un ambiente tranquilo para la serena charla o la lectura y el estudio, cerca de mapas e ilustraciones de temática histórica. Un lugar cerca de siglos de concentrados estudios en la Universidad de Aberdeen. El estudio siempre debe ser acompañado por los ojos bien abiertos por la curiosidad que rejuvenece la mente.

En una mesa una joven de quizá unos 40 años, lee un libro de una autora llamada Sheena Blackhall. Suena una llamada en su celular, atiende y habla en español con acento colombiano. Laura me dice que conoce a la autora del libro que lee. Blackhall es la máxima poeta de Aberdeen, nacida en 1947, autora prolífica de más de 150 obras de poesía, recopilaciones de cuentos, novelas, e incluso cantante. Estamos muy cerca y cuando termina su llamada, Laura le pregunta por Blackhall. La joven se sorprende, luego se alegra por el interés por su lectura. Laura habla con ella por varios minutos. Juana, se llama y estudia letras inglesas. Laura le habla de la poesía en Argentina, le comenta de un libro que escribió sobre los selknams, también conocidos como onas, el pueblo extinguido de Tierra del Fuego, de una muy imaginativa mitología. Juana le hace un comentario sobre los chibchas, el pueblo colombiano precolombino que practicaba ritos en la laguna de Guatavita, de la que surgió la leyenda del Dorado (3). Juana y Laura se ríen por la curiosa situación de estar hablando de pueblos indígenas del sur de América cerca de la universidad de Aberdeen. Les comento que la distancia es imaginaria porque los indígenas americanos y los antiguos escoceses vivían en la naturaleza como dentro de un reino de fuerzas mágicas, que despertaban fascinación y terror, como si esto se relacionara con el bien y el mal.

Dentro de bar Shelter Coffee.

Caminamos de nuevo por la ciudad: viento, sol, noche estrellada, amanecer y el mar; la costa amplia, barcos y torres eólicas a lo lejos frente a la costa, la arena, las olas, la espuma. En un banco de madera frente al océano descansa una corona de flores; y una placa recuerda a un espíritu que se fue antes de su tiempo, una evocación que transforma el banco de mero asiento utilitario para un momento de descanso en la memoria de una persona única, por un homenaje trazado con listones de madera sobre unos soportes de metal.

Los bancos frente al mar, con coronas de flores y una placa en homenaje a una persona.
Vista del mar en Aberdeen.

Y nos adentramos en el parque de la ciudad, en Seaton Park que, bajo el concepto estético de los jardines románticos, combina la pura naturaleza espontánea y salvaje de la vegetación, la corriente de un río y árboles junto a tramas cuidadas por jardineros, con bien señalados caminos de asfalto cerca. Cerca se encuentra la iglesia Catedral de St. Machar (St. Machar’s Cathedral) en la que vemos también tumbas contiguas, exquisitos vitrales y relieves de madera que recordaban la misión de los monjes copistas, que se desvelaban para conservar el saber en las letras bien escritas en tinta sobre papel paciente y bien preservado. Aquellos monjes eran, en parte, las letras nítidas que escribían; su vida no podía ser sin el intelecto, la concentración, la apostura de la mente para entender lo escrito. La manipulación de la pluma y la letra quedan como ejemplo de la mente que está destinada a crecer por el conocimiento en distintas etapas de la mediación tecnológica, por el papel escrito sobre el scriptorium o en las pantallas digitales contemporáneas.

Dentro del parque Seaton Park, en el Old Aberdeen, a orillas del río Don, de 27 hectáreas con extensos prados, jardines formales impecables y una rica historia, cerca del campus de la Universidad de Aberdeen y la Catedral de San Machar.
Catedral de San Marcario (St. Machar’s Cathedral) en Aberdeen, Escocia, vista desde los senderos arbolados de Seaton Park, en el área de Old Aberdeen. Sus orígenes se remontan tradicionalmente al siglo VI con una fundación atribuida a San Macario, aunque el edificio de granito actual data principalmente de los siglos XIV al XVI.

Y nos acercamos a la Universidad de Aberdeen, uno de los campus universitarios más importantes y antiguos de Gran Bretaña. Avanzamos junto a unas calles de adoquines. Vemos los edificios centenarios a un lado, los escudos de la universidad, y avanzamos hacia la entrada. Como si fuéramos cualquier otro estudiante de la universidad, entramos al cuerpo edilicio, caminamos entre las aulas y descubrimos un auditorio de medianas proporciones, de maderas pulidas y resplandecientes. Salimos; descansamos por unos minutos en un asiento frente al verde retazo de césped que media entre el edificio y la calle. Me sorprende un hombre que estimo que es un profesor, que atiende a sus papeles, pero cuya expresión denota cansancio, quizá preocupación o tal vez el tedio de una vida que sopló sus vientos demasiado rápido, y que al pasar arruga cada vez más su piel sin que nada pueda devolverle alguna centella de juventud.

Hacia entrada de King’s College de la Universidad de Aberdeen
Salón de conferencias del King’s College de la Universidad de Aberdeen.

En 1495, el obispo William Elphinstone fundó el King’s College bajo una bula del Papa Alejandro VI. La misión del establecimiento era la formación educativa y espiritual, pero la proa del navío de la historia cambia de dirección y surca otras aguas como consecuencia de la reforma protestante; en 1593, George Keith, el quinto Conde Marischal, fundó el Marischal College, más atento al comercio y a la ciencia práctica. Ambos establecimientos se vieron con el ceño fruncido durante mucho tiempo hasta que, en 1860, finalmente se unificaron y dieron nacimiento a la Universidad de Aberdeen.

Siempre me atrajo el movimiento de la Ilustración escocesa, liderado por su más incisiva punta de lanza, el indómito David Hume y su filosofía empirista, obsesionada por demostrar la procedencia del conocimiento desde las ánforas de la experiencia. Nada hay previamente delineado en la mente. Todo concepto o proposición se forma por el hábito de percibir las regularidades y repeticiones en el mundo. Hume sumaba fuerza a la emancipación del espíritu de la metafísica y la teología dogmática. Pero aquí lo sospecho cerca a Thomas Reid, nativo de Aberdeen, profesor de filosofía en las aulas del King’s College y contemporáneo de Hume. Reid fundó en Aberdeen la célebre tertulia del Wise Club (el Club de los Sabios). Frente al escepticismo de Hume, apeló a la firmeza pétrea de los materiales de la ciudad y escribió Investigación sobre la mente humana según los principios del sentido común (1764). El «sentido común» no es pura, cambiante y contradictoria opinión, sino una estructura innata implantada por Dios en la mente humana que le dona la firmeza de que lo que testimonian nuestros sentidos en cuanto a la innegable existencia del mundo que nos rodea. Imagino a Reid deambulando con vestimenta de época, sus libros, sus certezas radiantes que contrastan con la niebla escocesa.

Placa en la Universidad de Aberdden que recuerda al máximo filósofo ilustrado de la Universidad de Aberden.

Al recorrer el predio, descubrimos una singular presencia: una escultura en nada solemne, un joven recostado, con actitud relajada y una pierna alzada. Es el Joven con manzana partida («Youth with Split Apple»), una obra de bronce creada en 2005 por el escultor escocés Kenny Hunter. Averiguamos que los estudiantes de la universidad la llaman «The procrastinating student» o «el estudiante que procrastina»: un dejar para después las obligaciones inmediatas, ya sea por pura pereza o por descubrir que los momentos de contemplación desinteresada pueden ser la reconexión con la realidad perdida que solemos olvidar.

el Joven con manzana partida («Youth with Split Apple») (2005), obra de bronce creada por el escultor escocés Kenny Hunter.
Otra imagen del joven relajado, con una las antiguas construcciones del King’s College.

Antes de abandonar el campus, dialogamos con un joven norteamericano, estudiante de psicología. Empieza a charlar de manera espontánea con Laura y conmigo cuando advirte que somos visitantes, quizá por el asombro con el que miramos todo. Nos explica que viene de Texas y que le interesa estudiar las psiquiatrías no convencionales, aquellas que no aplican precipitadamente etiquetas de anomalía mental a sujetos cuyos desequilibrios no son siempre explicables por un desajuste químico en el cerebro.

Y respiramos de vuelta en el cercano parque del río, entre arbustos, ramas, parajes húmedos y pulcros caminos interiores. El día lentamente repite su silenciosa despedida. Caminamos de regreso a la casa. Vemos personas que nunca más veremos y entramos a un negocio de origen polaco por los productos que ofrecen. Deducimos que sus dueños también son de ese origen. La Europa del Este está aquí; y más cerca de nuestro lugar de descanso, otros establecimientos exhiben una exótica propuesta de alimentos asiáticos. Conexiones con lugares distantes. Y ya dentro de la casa, la noche se enrolla en las formas con sus oscuras telas. Presencio la extinción del ocaso. Una tormenta, no muy poderosa pero de cierta intensidad, trae su música de gotas y ráfagas. Empieza a llamar al sueño. La ciudad está empapada por todas partes. Hablamos con Laura de cuánto nos gustó este lugar, desde el que también fuimos al castillo de Dunnottar.

Y casi dentro del misterio del sueño, me imagino caminando en la noche cerrada, bajo la lluvia por las calles de Aberdeen, cuando las huellas de los mayores o de los jóvenes humildes que buscan una salvación poniéndose un uniforme de Highlander aún caminan, solitarios y en silencio.

Notas:

(1) La bandera del Regimiento 71 Highlanders de Escocia, capturada por las tropas hispano-criollas leales a la Corona española durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, se encuentra en el Convento de San Domingo (Basílica de Nuestra Señora del Rosario), ubicado en la intersección de la Avenida Belgrano y la calle Defensa, en el barrio de Monserrat de la Ciudad de Buenos Aires.

(2) Los muiscas, etnia dentro de los chibchas, realizaban un celebre rito de adoración de sus dioses en la Laguna de Guatavita. Arrojaban objetos de oro y un sacerdote, cubierto su cuerpo por polvo de oro, se arrojaba a las aguas y nadaba hacia el lecho para mejor invocar a sus divinidades. De aquí procede la Leyenda del Dorado, un lugar de mucho ori que los conquistadores buscaron desesperadamente.

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