Cosmovisiones del mundo y geopolítica (IV): La Unión europea, y algunas geopolíticas alternativas

Por Esteban Ierardo

Cuarta parte en construcción sobre cosmovisiones, mentalidad y política exterior de países que son especiales actores geopolíticos; una temática, procedente de un curso, y que también permite abrirse a otras culturas. Aquí se agrega también una parte referida a geopolíticas alternativas, abiertas al valor de las emociones y la geografía, el espacio exterior, entre otras cuestiones.

Anterior:

Parte I: Concepciones del mundo y geopolítica: Rusia y Estados Unidos

Parte II: Concepciones del mundo y geopolítica: China y la India

Parte III: Concepciones del mundo y geopolítica (III): Irán, Israel, Palestina.

(Nos queda agregar, posteriormente, una quinta y última parte)

LAS GUERRAS GIRAN como torbellinos que todo lo arrancan: los árboles y la vida, los humanos y los animales, los ríos, los edificios y las casas centenarias. El monstruo de los cañones, las ametralladoras automáticas y los campos de exterminio despedazan millones de vidas.

De todo este dolor, o surge la repetición del odio y la venganza, o nace otra respuesta: una sabiduría práctica, que no quiere pronunciar las palabras de nacionalismos extremos, de cuervos ciegos que reclaman nuevas tempestades de noches y cañones.

De una larga experiencia siniestra con la muerte violenta, surge en la posguerra una Europa Occidental que deja atrás la confrontación y confirma, aun bajo su impotencia retórica muchas veces, los acuerdos internacionales en las Naciones Unidas y el Parlamento Europeo. El camino difícil hacia la unidad es el esfuerzo para ser de otra manera dentro de la historia que quiere repetirse.

En 1947, la Doctrina Truman es antecedente posibilitador de la futura Unión Europea. La Doctrina Truman postula una geopolítica de detención de la URSS y de apoyo a los «pueblos libres». Esto propicia la ejecución del Plan Marshall como parte de los muros que se levantaban ante el comunismo y como posicionamiento de la superior presencia norteamericana en Europa, no solo por su tejido de bases militares aún en funcionamiento, sino también por sus propios intereses económicos. Sin estos factores «entre bastidores», el Congreso norteamericano seguramente no hubiera aprobado la concesión de fondos para la reconstrucción europea.

La ayuda económica a los países fuertemente dañados por la guerra, obliga a las naciones europeas a iniciar una colaboración entre sí. La Organización Europea de Cooperación Económica (OECE) es el organismo internacional creado el 16 de abril de 1948, para la correcta administración y distribución de los fondos del Plan Marshall. Pero junto al estimulo económico se debe proveer defensa. El objetivo de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), que cobra existencia oficialmente el 4 de abril de 1949 con la firma del Tratado de Washington. La alianza estratégica para contener la influencia y posible expansión de la Unión Soviética tras el silencio de la metralla de la Segunda Guerra Mundial.

En un principio, en 1948, Bélgica, Francia, Luxemburgo, Países Bajos y Reino Unido, por el Tratado de Bruselas, sin todavía la participación del País del Norte, acuerdan un sistema de defensa mutua. Pero la Guerra Fría ya contaminando la posguerra, pone en el escenario, en 1948, el Golpe de Praga, el golpe comunista en Checoslovaquia, y el bloqueo de Berlín por parte soviética. Entonces, Estados Unidos se incorpora a la alianza. La defensa colectiva como su meta esencial se gestiona a través del Artículo 5 de su tratado. El ataque armado contra uno de sus miembros es la agresión contra todos. La protección de la parte agredida, entonces procede del conjunto de los miembros.

Y la OECE (Organización Europea de Cooperación Económica), es un precedente fundamental para la futura CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero), en 1951, el germen del posterior Mercado Común europeo.

Así, con lentitud y firmeza, emerge el proyecto de la Unión Europea (UE). El sueño de integración para que la guerra «no solo fuera impensable, sino materialmente imposible», según manifiesta el discurso llamado la Declaración Schuman, del 9 de mayo de 1950, pronunciado por Robert Schuman, estimado como uno de los «padres fundadores» de la Unión Europea. Su propuesta es que la producción de carbón y acero de Francia y Alemania se decanten desde una autoridad común.

El borrador del discurso de Schuman es redactado por Jean Monnet, diplomático y consejero económico francés. Monnet es conocido como el «arquitecto invisible» de la política de unión. Su «método comunitario» inicia el proceso de integración europea.

Konrad Adenauer, el primer canciller de la República Federal de Alemania, también es uno de los padres fundadores de la Unión Europea (37).

Si Francia y Alemania comparten la producción de carbón y acero, antes materias primas para las armas, esos recursos ya no pueden ser usados por la guerra. Así, en 1951, nace la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero). En 1957, esta embrionaria unión se consolida con el Tratado de Roma, creando la Comunidad Económica Europea (CEE), con un mercado común para bienes, servicios y personas que pueden circular libremente.

Hoy, el fundamento de la política exterior de la UE es el multilateralismo y la opción por el «poder blando» (soft power): la vía de las leyes, el comercio y la diplomacia, antes que la fuerza militar. La UE asoma en el horizonte de la Guerra Fría como un gran experimento histórico sin precedentes: la voluntad de convertir un siglo abrumado por guerras en una comunidad de intereses económicos y valores legales.

Entre 1960 y 1980, el Mercado Común se expande. La CEE pasa de los seis países fundadores (Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) a integrar, desde 1973, al Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. Luego se suman Grecia, España y Portugal (tras el colapso de la dictadura de Salazar en el país lusitano y el fin del franquismo en España).

El Parlamento Europeo surge en 1979, cuando sus miembros comienzan a ser elegidos por sufragio universal. En 1992 acontece el tránsito fundamental de la unión económica a la unión política. A esto contribuye la caída del Muro de Berlín (1989) que, en la versión popular, supone el fin de la Guerra Fría. Pero en su explicación más exacta, una de las razones del colapso del dominio soviético es consecuencia del Tratado de Helsinki, de 1975, el documento final de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación. La URSS consigue la aceptación de las fronteras de los países bajo su esfera en Europa del Este establecidas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, uno de los puntos del acuerdo es la autodeterminación de los pueblos, la vigencia de las libertades y los derechos humanos, y la libre circulación de personas. Aunque esto no tiene un valor vinculante desde la estricta letra del tratado, lo dispuesto promueve movimientos de disidencia en los países ocupados y en la propia Unión Soviética, lo que conducirá al clima del derrumbe final del bloque socialista (38).

El nacimiento formal de la Unión Europea con sus pilares de una política exterior y justicia común, se cristaliza en el Tratado de Maastricht . A partir de 2002, una moneda única, el Euro, entra en circulación en 12 países mediante la eliminación de las fronteras monetarias.

El bloque europeo se consolida así como una potencia económica global. En 2004 se produce la gran ampliación: la UE recibe a diez nuevos países, entre ellos antiguos miembros del bloque soviético como Polonia y Hungría. Sin embargo, la crisis financiera (2008-2012) fomenta dudas sobre la estabilidad del Euro y, más tarde, se produce el Brexit (2016-2020): por primera vez un miembro soberano, el Reino Unido, se retira de la Unión.

Actualmente, la guerra en Ucrania genera una presión para que la UE mute de ser puramente un «poder civil» (basado en leyes y comercio) hacia un poder militar forzado por el aumento de gastos en defensa.

La UE es una «unión de derecho»; no es como los antiguos imperios determinados por la fuerza, sino por tratados voluntarios que dinamizan un multilateralismo frente a problemas cuya solución requiere, inevitablemente, la cooperación internacional.

Hoy, la Unión Europea cuenta con 27 Estados miembros, consolidándose como un bloque de integración sin precedentes. Su pilar fundamental es la defensa de la superioridad del derecho internacional como la única herramienta legítima para resolver conflictos. Para la UE, la estabilidad global no debe depender del «derecho del más fuerte», sino de un marco de normas compartidas y el respeto a la soberanía dentro del multilateralismo. Al priorizar el arbitraje, los tratados y la diplomacia sobre la coacción militar, la Unión fundamenta su existencia en la idea de que la ley es el único lenguaje capaz de garantizar una paz duradera y una convivencia justa entre las naciones.

La cooperación que une a la UE no se restringe a meros vasos comunicantes o acuerdos administrativos. La Unión late sobre un fundamento filosófico sólido, donde Kant surge como el gran faro ordenador de un horizonte compartido. El cosmopolitismo de Immanuel Kant influye en el espíritu de la Unión mediante la meta moral de una comunidad de países orientada hacia una paz definitiva. En su obra Hacia la paz perpetua (1795), el genio de la Crítica de la razón pura asume que la paz no es un don espontáneo, sino una construcción institucional. Kant proyecta una «Federación de Estados Libres», una asociación federal que une a las naciones bajo un Derecho Cosmopolita.

La Unión Europea se aproxima a esta idea kantiana: los Estados transfieren parte de su soberanía a favor de leyes comunes vinculantes. Este federalismo comunitario abreva también en la prosapia de la filosofía iusnaturalista. Esta vertiente doctrinaria se perfila primero entre los estoicos, transitando luego del Imperio Romano al orden medieval cristiano vía San Agustín y Santo Tomás de Aquino. De aquí afloran los derechos humanos, la dignidad y la libertad transversales a los Estados individuales y a las fronteras que, de otro modo, fragmentarían a la humanidad.

Ya en la modernidad, el derecho internacional recoge estos axiomas mediante la obra de Hugo Grocio (39). La razón, aceptada como una intuición intelectual evidente, fundamenta las reglas de protección de la vida y la propiedad; no por la imposición de un poder militar, sino por la naturaleza racional compartida por todos los seres humanos.

En el siglo XX, el pensador español José Ortega y Gasset se consolida como un precursor fundamental de la idea de la Unión Europea. Ya en 1910 anticipa su célebre tesis: «España es el problema y Europa la solución», al entender que la regeneración española depende de su apertura a la modernidad científica y cultural del continente. Con el tiempo, esta visión evoluciona de lo cultural a lo político: Ortega plantea que los antiguos Estados nación, al agotar su capacidad de movilización, deben integrarse en una supranación: los «Estados Unidos de Europa». Para él, la nación no es una herencia del pasado, sino un proyecto de vida en común, por lo que la integración no supone la pérdida de las identidades nacionales, sino su potenciación dentro de una unidad de destino. En su célebre ensayo La rebelión de las masas (1930), se define como «decano de la idea de Europa» y sostiene que solo esta estructura común puede blindar al continente frente al estancamiento y el auge de los extremismos.

En la filosofía contemporánea, el pensador Jürgen Habermas defiende la UE y su entramado filosófico subyacente mediante el concepto de «Patriotismo Constitucional». Para él, la legitimidad de la Unión no emerge meramente de una cultura europea compartida, sino de la energía moral que abraza los principios democráticos y los procedimientos legales. La democracia comunitaria necesita, en la práctica, de un diálogo racional como camino hacia consensos posibles bajo el imperio del derecho.

Pero Jürgen Habermas no deja de observar los peligro de la Unión europea, lo que expresa, por ejemplo, bajo el término «federalismo ejecutivo», concepto que critica la toma de decisiones de las élites y gobiernos nacionales sin un control democrático o participación ciudadana:

«Actualmente, la Unión Europea se debate entre la democracia y transnacional…y lo que denomino «federalismo ejecutivo posdemocrático» (40).

En la constitución del espíritu comunitario no debe olvidarse el pensamiento humanista-cristiano y personalista de Jacques Maritain. El personalismo: la persona como imbuida de una dignidad irreductible, situada en una jerarquía de superioridad respecto al orden estatal. El Estado nunca es un fin en sí mismo; debe ser el motor que genere condiciones vitales en beneficio de la persona. El derecho internacional se debe al cuidado de la dignidad humana antes que a la vieja sacralidad de las fronteras. La influencia personalista es visible tanto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como en la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE.

No obstante, el elevado idealismo de estas declaraciones en Europa Occidental contrasta con la oscuridad de la Operación Gladio, cuya existencia es reconocida en 1990 por el primer ministro Giulio Andreotti ante el Parlamento italiano. Durante la Guerra Fría, mientras el humanismo de Maritain o Kant exaltaba la ley, Gladio responde a una descarnada Realpolitik que busca contener al comunismo a cualquier precio. Gladio opera como un «Estado paralelo» sin controles legales, apelando incluso a atentados de «falsa bandera» (como la masacre de Bolonia) bajo una «estrategia de la tensión» para manipular la opinión pública y las elecciones. En la práctica, la interferencia de agencias como la CIA y el MI6 compromete la soberanía real de los países que decían proteger.

Dentro de las fuerzas europeas subterráneas articuladas para contener la expansión soviética, una pieza fundamental es la Logia P2 (Propaganda Due), abocada a impedir que el Partido Comunista Italiano llegue al poder mediante la denominada «estrategia de la tensión». La P2 es una logia masónica «desviada» —una degradación de la genuina masonería filosófica— liderada por Licio Gelli. Esta organización crea un «Estado dentro del Estado» e infiltra a cientos de militares, políticos, espías y empresarios para manipular las instituciones italianas en su lucha contra lo que perciben como mareas de contaminación comunista. Para su financiamiento, recurre al lavado de dinero a través del Banco Ambrosiano.

Finalmente, el auge del Estado de Bienestar en la Europa Occidental siempre convive con la sombra de la Europa del Este bajo la férula soviética. En los años 90, luego de la caída del Muro, y la desintegración de Yugoslavia, los viejos nacionalismos salen de sus cuevas. En Srebrenica, el genio del mal repite un genocidio dentro del Viejo Continente. Hoy, la Unión Europea sigue enfundada en su ansiedad por hablar de derecho en un mundo donde, como ya decía el sofista Trasímaco en La República de Platón, lo justo suele ser determinado por el más fuerte.

La voluntad de integración de la UE debe ser contrastada con el euroescepticismo, una visión crítica alternativa que se despliega en dos versiones principales: un euroescepticismo duro y otro blando o moderado. El primero se opone a la existencia misma de la Unión y reclama la salida de los países miembros del entramado dirigido desde Bruselas, o incluso la disolución del bloque. La versión moderada, por su parte, no cuestiona a la UE como tal, pero su desacuerdo hierve en temas como la migración, las políticas de fronteras abiertas y la obligación de aceptar refugiados. Se rechaza el gobierno centralizado y las leyes que pueden anular las decisiones de los parlamentos nacionales, defendiendo en su lugar una «Europa de las Naciones». En este modelo, la soberanía nacional es más relevante que la burocracia supranacional y su «élite tecnocrática», a la cual se percibe como un estamento no elegido directamente por los ciudadanos.

Geopolíticas alternativas

Una breve muestra de geopolíticas de autor. Las visiones de amplitud pueden remitirse a las vastas concepciones de mundo de cada país, cultura o civilización en su danza de creencias, ideas y autopercepción, así como a las respuestas a la realidad externa a partir de esas estructuras subyacentes. Pero la visión más abarcadora surge también de ciertas «geopolíticas de autor» que promueven miradas sintetizadoras y alternativas. Ejemplos de estas interpretaciones de 360 grados son, por caso, las de Mark Leonard,Tim Marshall, Dominique Moïsi, Alain Labrousse o Julie Klinger, o las autores de la teoría del constructivismo en las relaciones internacionales.

Mark Leonard, politólogo británico y director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, desarrolla en su obra La era de la sin paz (2021) la tesis de la conectividad global como arma. En un principio, se proyectó que la interconectividad mundial permitiría la agilización del comercio, la disolución de fronteras y la aceleración de los flujos de datos. Sin embargo, lejos de esa utopía, hoy vivimos en una «era de la conectividad armada».
La conexión, al ser colonizada o distorsionada, sirve para la manipulación política y las guerras cibernéticas; una mayor proximidad que, en lugar de hermanar, exacerba el conocimiento de las diferencias, la envidia y el miedo. Como afirma Leonard en su libro mencionado:

«En lugar de borrar las fronteras, la conectividad se ha convertido en una forma de proyectar poder. Hemos convertido la infraestructura de la globalización —desde las cadenas de suministro y los flujos financieros hasta las redes sociales y el movimiento de personas— en armas de guerra económica y política» (41).
De este modo, la red que debía unirnos se transforma en el campo de batalla de una nueva geopolítica, donde la dependencia mutua ya no garantiza la paz, sino que ofrece nuevas formas de agresión.

La geografía es el gran trasfondo no solo de los procesos geopolíticos, sino de la propia existencia humana. Nuestra vida no sería posible sin el sustento de la magnitud geográfica del suelo y de la tierra. Es algo elemental, aunque no siempre se asuma o perciba en toda su importancia; sobre esto volveremos en particular en el último movimiento de este ensayo.

En el estrecho cruce entre la realidad de las naciones, ya sean aliadas o enfrentadas, la variable geográfica es una resonancia de fondo clave, tal como lo estudia Tim Marshall en su obra Prisioneros de la geografía. Por ejemplo, para la gestión de las posibilidades comerciales de un país, nunca puede ser indiferente el hecho de tener o no salida al mar, o la presencia de grandes cordilleras como eventuales obstáculos. Por eso, el autor afirma que: «Los factores geográficos que han determinado nuestro destino (las montañas, los ríos, los mares y el clima) siguen siendo fundamentales para nuestra historia, a pesar de los avances tecnológicos.» (42)

Al estudiar cada uno de los grandes países, surgen determinaciones geográficas diversas. En su área de comunicación entre los montes Urales y la Europa del Este, las grandes llanuras hacen vulnerable al país con capital en Moscú, tal como lo evidenciaron la invasión napoleónica de 1812 y la Operación Barbarroja (la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial, en 1941).

Asimismo, la gran frontera china, una de las más extensas del planeta, predispuso a la ex Unión Soviética a conflictos con la China maoísta que tuvieron su punto álgido en los combates de la isla de Zhenbao (en el río Ussuri) en 1969. Estos enfrentamientos llevaron al Politburó a barajar la posibilidad de un ataque nuclear preventivo contra ciudades estratégicas del «gigante del dragón», un intento en el que, paradójicamente, la diplomacia de Richard Nixon tuvo una inesperada importancia para bloquearlo.

Por su parte, Estados Unidos —siguiendo el análisis de Marshall— exhibe una «geografía perfecta». Esto se debe a sus dos fronteras oceánicas que lo blindan de potenciales ataques externos (sumado a que sus vecinos son militaresmente más débiles) y a que su territorio es atravesado por una red de ríos navegables que se encuentran entre los más grandes del mundo (como los ríos Misuri, Misisipi, o  Arkansas). los que facilitan la comunicación interna y el comercio.

El ritmo lateral de lo geopolítico también se extiende a las emociones como un factor, acaso inesperado, de significación. El politólogo y escritor francés Dominique Moïsi, en La geopolítica de las emociones (2008), postula la tesis de que los deseos y las emociones pulsan detrás de las acciones de las naciones. Por eso, Moisi afirma que «Miedo contra esperanza, esperanza contra humillación, humillación que conduce a la irracionalidad más elemental e incluso, a veces, a la violencia… Es imposible comprender el mundo en que vivimos sin examinar las emociones que colaboran en su configuración.» (43)

Según Moïsi, la geopolítica está determinada por una trilogía emocional: Occidente se ve dominado por el miedo al terrorismo y a la pérdida de identidad; el mundo islámico-árabe se autopercibe desde las emociones dolorosas de la humillación, marcadas por el modo en que siente su pasado y su presente; mientras que Asia, por su parte, representa la esperanza, el crecimiento y el futuro.

El mal destructor del comercio ilegal de narcóticos es otro ángulo no habitual para entender la conflictividad geopolítica concentrada en escenarios determinados. En este contexto, México, como es sabido, es el centro de redes de narcotráfico que se extienden como siniestros tentáculos de pulpo, no solo hacia Estados Unidos, sino también hacia otros continentes. El sociólogo francés Alain Labrousse —quien vivió cinco años en Uruguay— plasmó esta forma de análisis en La geopolítica de las drogas (2011). El narcotráfico no es solo un tema de salud pública; involucra también el control de territorios destinados a cultivos ilícitos y las rutas que conectan los centros de producción con los mercados de consumo global.

El tráfico de drogas enciende continuamente las antorchas de la guerra, al menos a nivel local. En su momento, también lo hizo a escala internacional cuando Gran Bretaña, y luego Francia, atacaron a China para obligarla a mantener sus puertos abiertos al comercio del opio que Inglaterra cultivaba en la India, durante las célebres Guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860).

La violencia es una condición inevitable de la lucha entre cárteles por el control de los territorios; en esa puja sangrienta, se convierte en una fuerza que corroe la soberanía estatal. Así se delinean las llamadas «zonas grises», espacios donde el Estado pierde el control territorial debido a la fragilidad institucional, la geografía dificultosa o la corrupción.

Otra arista fundamental para comprender el vínculo entre la geografía, el mundo físico y las fuerzas políticas de naciones incapaces de una genuina evolución moral, es lo que Julie Klinger llama la Geopolítica 4D. Klinger, geógrafa y profesora de la Universidad de Delaware, desarrolla esta tesis en su obra Rare Earth Frontiers: From Terrestrial Subsoils to Lunar Landscapes (2017). Su vector principal de análisis se sitúa en la geopolítica del espacio exterior y las fronteras extremas, como la Amazonía.

La minería conecta la Tierra con la Luna, planteando las ambiciones espaciales como fuentes proveedoras de metales, lo que abre el peligro de un nuevo colonialismo espacial. Por eso su afirmación: «El espacio exterior no es un vacío geopolítico, sino un escenario en el que se proyectan y amplifican las ambiciones estatales de soberanía, seguridad nacional y acumulación de recursos (44).

Klinger insiste en la desmitificación de la escasez mineral: la supuesta falta de «tierras raras» no es un hecho geológico, sino una ficción geopolítica utilizada para justificar la expansión de las fronteras extractivas y las agendas de seguridad nacional.

Para Klinger, la geopolítica tradicional se mueve en mapas 2D (superficies y fronteras). Un mapa 3D ya incluye el relieve orográfico y los recursos terrestres. Finalmente, el enfoque 4D (la cuarta dimensión)  es el que combina la altitud (el espacio exterior, los asteroides, la Luna) con la profundidad (el lecho de los océanos y la minería de subsuelo profundo), integrando todas las dimensiones físicas en la disputa por el poder global.

Una comprensión alternativa de lo geopolítico emerge también de la teoría del constructivismo en las Relaciones Internacionales (RI). Su tesis de que el sistema internacional no está determinado por la naturaleza o por leyes físicas inmutables, sino que es una construcción social. En esta perspectiva, las ideas, las identidades y la cultura son factores ontológicamente más importantes que los elementos materiales, como las armas o el dinero. Al tener diversos exponentes, no es una mirada monolítica, sino una corriente pluralista y rica en matices.

Alexander Wendt es el autor más influyente con su constructivismo «modernista» o sistémico, plasmado en Teoría social de la política internacional (1999). Para Wendt, los Estados siguen siendo los actores principales, pero actúan dentro de una anarquía que carece de una lógica intrínseca de conflicto. De ahí su famosa premisa: ««La anarquía es lo que los estados hacen de ella».(Anarchy is what states make of it) (45).

Una frase de alto valor estratégico para comprender las Relaciones Internacionales modernas. La anarquía proviene de la ausencia de un gobierno mundial. Los conflictos no están, así, regulados por una lógica del conflicto, y su estatus depende del tipo de interacción entre los Estados.

Estas interacciones se gestan por tres vías: para los realistas, la anarquía genera la desconfianza entre los Estados. La única forma de sobrevivir es armarse. Pero Wendt observa que esto no es una obligada «ley natural». No se impone que todos deban ser enemigos, ni obliga automáticamente a los Estados a desconfiar y armarse para sobrevivir. Porque la anarquía es una suerte de «hoja en blanco» que escribe sus contenidos por los significados sociales que emanan de la interacción o trato entre los Estados.

Y estas interacciones responden a tres «culturas» de gestión de las relaciones entre los países: en la cultura hobbesiana, los Estados siempre se ven como amenazas, es la guerra de todos contra todos. La vía lockeana, donde los países reconocen el derecho de cada uno a existir, pero a condición de la competencia entre todos. Y la cultura kantiana, que es la de Estados que se perciben como aliados, de modo que la anarquía es resuelta en términos de cooperación y ayuda mutua.

Cuando un Estado actúa de forma agresiva, otro responde de la misma manera, provocando un círculo sin salida de una «identidad de enemigos». Pero si la interacción cambia, si se pasa de la agresión como única respuesta a la cooperación, el sistema cambia. Por lo que los procesos de interacción son lo que determinan la estructura; una estructura de agresión no es la única alternativa, porque esta no es una suerte de ley necesaria e inevitable.

Por otro lado, Martha Finnemore y Kathryn Sikkink introducen el enfoque de las normas internacionales. En su análisis del «ciclo de vida de las normas», explican cómo los «emprendedores de normas» (actores no estatales como la Cruz Roja o activistas de DD.HH.) persuaden a los Estados para adoptar nuevos estándares, como la prohibición de las minas antipersona o el trato humanitario a prisioneros. En el escenario internacional, los Estados no solo compiten por poder, sino por legitimidad y por asegurar su pertenencia al «concierto de naciones civilizadas».

En cuanto al matiz lingüístico, Nicholas Onuf (quien acuñó el término en 1989) postula que el lenguaje es la herramienta constructiva por excelencia. Bajo el principio de que «decir algo es hacer algo» (basado en los actos de habla), Onuf sostiene que las relaciones internacionales son una construcción legal y lingüística: los líderes emiten enunciados normativos que, al ser aceptados, crean reglas que rigen el mundo. El orden mundial no es así solo un espacio físico de confrontación, sino reglas que solo existen porque las nombramos. Al decir algo, los líderes hacen algo: transforman la realidad. Así: «Al decir cosas, hacemos cosas; en un sentido muy real, las palabras son herramientas para construir el mundo» (46).

Un ejemplo claro es el reconocimiento de un nuevo Estado: un territorio puede tener fronteras y gente, pero solo «nace» a la vida internacional cuando las potencias emiten el enunciado «te reconocemos como soberano». Ese acto de habla le otorga, mágicamente, el derecho a votar en la ONU o firmar tratados. O cuando los lideres nombran a un país como «Estado Fallido» o «Eje del Mal», legitiman intervenciones o sanciones que antes serían ilegales. Finalmente, las declaraciones de guerra o las doctrinas diplomáticas (como la Monroe) responden a un mecanismo lingüístico semejante: ciertas palabras son pronunciadas por el líder de un país y así modelan un patrón de conducta de los países. Es decir, para Onuf, vivimos en un mundo construido por el lenguaje y el derecho.

En una línea similar, Friedrich Kratochwil destaca la importancia de la praxis y el derecho, donde los diplomáticos y juristas construyen la realidad internacional mediante el razonamiento práctico y la argumentación legal.

Peter Katzenstein aporta una dimensión crucial al señalar que la política exterior es un reflejo de la identidad nacional. Cada sociedad proyecta hacia afuera sus valores, historia y cosmovisión cultural, que, a veces, bajo ciertas condiciones históricas, puede cambiar (por ejemplo: Alemania y Japón mutaron de sociedades militaristas a estados pacifistas y comerciales por nuevas normar emanadas en un nuevo horizonte histórico). Entonces: «Las identidades culturales y las normas sociales definen los intereses de seguridad de los Estados de maneras que no pueden explicarse únicamente mediante la distribución de capacidades materiales» (47).

Recientemente, en El poder proteico (2018), frente al «poder de control» (basado en el riesgo calculable, y los intereses), Katzenstein propone el «poder proteico», que es la capacidad de adaptarse de forma creativa ante la incertidumbre radical e incalculable. Un ejemplo magistral de esta incertidumbre fue la caída del Muro de Berlín. El proceso se aceleró por un error contingente: el anuncio accidental de Günter Schabowski sobre la apertura inmediata de fronteras. Ante este vacío de certeza, miles de ciudadanos salieron a la calle y los guardias, ante lo imprevisible, debieron optar entre dar paso o disparar.

Finalmente, el caso de la Unión Europea corona esta teoría: demuestra cómo, mediante un cambio en las normas y las percepciones mutuas, enemigos históricos como Francia y Alemania lograron construyen una nueva identidad de integración cultural.

Citas

(37) Konrad Adenauer (1876-1967) es una de las figuras clave de la Europa moderna. Primer canciller de la República Federal de Alemania (1949-1963), lideró a la Alemania federal hacia un rápido «Milagro Económico» (Wirtschaftswunder), que la convirtió en una potencia económica y una democracia estable. Esto fue posible junto a su ministro de Economía, Ludwig Erhard, y la implementación de una economía social de mercado.

(38) Leonid Brézhnev y Gerald Ford fueron dos de los principales firmantes del Acta Final de Helsinki el 1 de agosto de 1975, junto con los líderes de otros 35 países.

(39) Hugo Grocio (1583-1645) constructor del orden jurídico global contemporáneo, desde su condición de «padre del derecho internacional». Su obra maestra, Sobre el derecho de la guerra y de la paz (1625), formula que los Estados, aunque soberanos, deben aceptar leyes superiores que regulen su conducta. De esta manera, las relaciones entre naciones ya no se sostiene en la fuerza o la religión. Su nuevo fundamento es la razón y normas universales. Esto permite el Derecho Internacional Público. Y en 1609, en su obra Mare Liberum, argumenta que el mar no es propiedad de ninguna nación. Así forja el derecho marítimo moderno y del comercio global, con su principio de que los océanos sean espacios de libre tránsito para todos.

(40) Habermas advierte, primero, de este proceso «posdemocrático» en el diario alemán Die Zeit en mayo de 2010. Luego introduce este concepto en su ensayo La constitución de Europa, editorial Trotta, 2012.

(41) En Mark Leonard, La era de la no paz: Cómo la conectividad causa conflictos, Ediciones Paidós, 2021. Versión en inglés: de M, Leonard, The Age of Unpeace: How Connectivity Causes Conflicit, 2021, Bantam Press (parte de Penguin Random House) en el Reino Unido.

(42) En Tim Marshall, Prisioneros de la geografía, Ediciones Península (sello de Grupo Planeta), 2017, y con una edición actualizada publicada en 2021/2022 y una nueva edición en 2025. Versión en inglés: T. Marshall, Prisoners of Geography: Ten Maps That Tell You Everything You Need to Know About Global Politics.Elliot and Thompson y Scribner (EE. UU.), 2015.

(43) Cita de Dominique Moïsi en La geopolítica de las emociones: Cómo las culturas del miedo, la humillación y la esperanza están transformando el mundo, Grupo Editorial Norma, 2009. Versión en inglés: D, Moïsi, The Geopolitics of Emotion: How Cultures of Fear, Humiliation, and Hope are Reshaping the World), 2008.

(44) Idea central de Julie Klinger desarrollada en su artículo de investigación Environmental Geopolitics and Outer Space (Geopolítica Ambiental y Espacio Exterior), publicado en la revista académica Geopolitics en marzo de 2019.

(45) Esta frase sintetiza la tesis central del artículo académico de Alexander Wendt más influyente: «Anarchy is what States Make of it: The Social Construction of Power Politics», publicado en la revista International Organization en 1992. Posteriormente, plasma esta idea, con mayot desarrollo, en su libro principal: Teoría social de la política internacional (1999).

(46) Nicholas Onuf explora esta tesis en World of Our Making: Rules and Rule in Social Theory and International Relations, University of South Carolina Press, 1989, específicamente en los capítulos donde analiza la teoría de los actos de habla. Esta obra es considerada el libro fundacional del constructivismo en las Relaciones Internacionales. No hay traducción en español.

(47) Esta tesis central en la obra más influyente de Peter Katzenstein como editor y autor principal: The Culture of National Security: Norms and Identity in World Politics, publicada en 1996 por Columbia University Press.

(Aclaración: En última parte a publicar aquí de este ensayo, se incluirá la bibliografía)

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